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John MacArthur
Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros. Pecadores, limpiad las manos; y vosotros los de doble ánimo, purificad vuestros corazones. Afligíos, y lamentad, y llorad. Vuestra risa se convierta en lloro, y vuestro gozo en tristeza. SANTIAGO 4.8–9 «Afligíos, y lamentad, y llorad» (Santiago 4.9). Santiago hace este llamado al lamento, el dolor y las lágrimas por nuestros pecados. Describe la angustia que debemos sentir cuando nos damos cuenta de nuestra propia miseria como pecadores. Quizá el mejor ejemplo del Nuevo Testamento de esto es el publicano que Jesús se describe en una parábola donde el publicano fue al templo a orar. Al sentir su indignidad pecaminosa, no se atrevió siquiera a entrar al templo, sino que «estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador» (Lucas 18.13). El tipo de miseria que nos hace lamentar nuestra propia maldad es una condición necesaria para la verdadera bendición. Jesús le contrasta con un fariseo cuya oración expresaba cuán bueno y superior se sentía al compararse con otros. El fariseo perdió la bendición a causa de su presunción y orgullo. El publicano, en cambio, encontró la bendición mientras estaba en la agonía de su propia miseria. El lamento al que llama Santiago no es el característico de la depresión que sienten las personas cuando no están satisfechas con su suerte en la vida. No tiene nada que ver con el abatimiento de la autocompasión o la falta de satisfacción que sienten los que piensan que la vida ha sido injusta con ellos. Es un sufrimiento que se deriva de un verdadero sentido de la propia culpa y el reconocimiento de que, porque somos pecadores, no somos merecedores de la bendición divina. Es el grito del corazón que sabe que ha ofendido a la justicia de Dios y no tiene esperanza aparte de la misericordia de Dios.
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