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Fyodor Dostoevsky
Todos se detuvieron en silencio junto a una roca grande. Aliosha miró y todo el cuadro de lo que Sneguiriov le había contado hacía tiempo sobre Iliúshechka –de cómo éste, llorando y abrazando a su padre, exclamó: «¡Papi, papi, cómo te ha humillado!»– apareció de golpe en su imaginación. Algo sacudió su alma. Con semblante serio y grave envolvió con la mirada todas las caras luminosas, queridas, de los escolares, de los compañeros de Iliusha, y les dijo: –Señores, me gustaría decirles unas palabras aquí, en este lugar. Los chicos lo rodearon y enseguida fijaron en él sus miradas atentas, expectantes. –Señores, vamos a despedirnos muy pronto. De momento estaré un tiempo con mis dos hermanos, uno de los cuales se va al destierro y el otro está al borde de la muerte. Pero pronto dejaré esta ciudad, quizá para mucho tiempo. Así que tenemos que despedirnos, señores. Decidamos aquí, junto a la roca de Iliusha, que nunca vamos a olvidarnos de Iliúshechka en primer lugar y, en segundo, los unos a los otros. Sea lo que sea lo que nos pase en la vida, aunque estemos veinte años sin vernos, aun así vamos a recordar que hemos enterrado a un pobre niño al que una vez tiramos piedras, ¿lo recuerdan?, ahí, junto a la pasarela, y que después todos lo quisimos. Era un buen niño, un niño valiente y bondadoso, sintió el
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