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John MacArthur

John MacArthur


John F. MacArthur, Jr. is a fifth-generation preacher who serves as a pastor-teacher of Grace Community Church in Sun Valley, California. He is also a prolific author, conference speaker, and is president of The Master's College and Seminary. MacArthur received a B.A. from Los Angeles Pacific College, his M.Div. from Talbot Theological Seminary, Litt.D. at Grace Graduate School, and D.D. from Talbot Theological Seminary. In addition to his administrative responsibilities, he regularly teaches Expository Preaching at the seminary and frequently speaks in chapel.

MacArthur's pulpit ministry has been extended around the globe through his media ministry, Grace to You, and its satellite offices in Australia, Canada, Europe, India, New Zealand, Singapore, and South Africa. In addition to producing daily radio programs for nearly 2,000 English and Spanish radio outlets worldwide, Grace to You distributes books, software, audiotapes, and CDs by John MacArthur. In thirty-six years of ministry, Grace to You has distributed more than thirteen million CDs and audiotapes.

      John Fullerton MacArthur, Jr. is a United States evangelical writer and minister, noted for his radio program entitled Grace to You. MacArthur is a fifth-generation pastor, a popular author and conference speaker and has served as the pastor-teacher of Grace Community Church in Sun Valley, California since 1969, and as the President of The Master's College (and the related The Master's Seminary) in Santa Clarita, California.

      Theologically, MacArthur is a conservative far-right Baptist, a strong proponent of expository preaching, a dispensationalist and a self-described Calvinist. He has been acknowledged by Christianity Today as one of the most influential preachers of his time, and is a frequent guest on Larry King Live as representative of an evangelical Christian perspective.

      MacArthur has authored or edited more than 150 books, most notably the MacArthur Study Bible, which has sold more than 1 million copies and received a Gold Medallion Book Award. Other best-selling books include his MacArthur New Testament Commentary Series (more than 1 million copies), Twelve Ordinary Men, (more than 500,000 copies), and the children's book A Faith to Grow On, which garnered an ECPA Christian Book Award.

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Es popular en algunos círculos de denigrar el conocimiento y elevar la pasión, el misticismo, el amor fraternal, la fe ciega o lo que sea. La doctrina cristiana se establece a menudo contra el cristianismo práctico, como si los dos fueran antitéticos. La verdad es ignorada y exaltada la armonía. El conocimiento es despreciado mientras el sentimiento es exaltado. La razón es rechazada y el sentimiento puesto en su lugar. Esto carcome la auténtica madurez espiritual, que siempre se basa en la sana doctrina (cp. Tito 1.6–9). Por supuesto que el conocimiento por sí solo no es una virtud. Si alguien «sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado» (Santiago 4.17). El conocimiento sin amor corrompe el carácter: «El conocimiento envanece, pero el amor edifica» (1 Corintios 8.1). Pero la falta de conocimiento es aun más mortal. Oseas registró la queja del Señor en contra de los líderes espirituales de Israel: «Mi pueblo fue destruido, porque le faltó conocimiento. Por cuanto desechaste el conocimiento, yo te echaré del sacerdocio; y porque olvidaste la ley de tu Dios, también yo me olvidaré de tus hijos» (Oseas 4.6). Todo crecimiento espiritual se basa en el conocimiento de la verdad. La sana doctrina es crucial para un andar espiritual exitoso (Tito 2.1ss). Pablo dijo a los colosenses que el nuevo ser se renueva por el verdadero conocimiento (Colosenses 3.10). El conocimiento es fundamental para nuestra nueva posición en Cristo. Toda la vida cristiana se establece en el conocimiento de los principios divinos, la sana doctrina y la verdad bíblica. Los que repudian el conocimiento en efecto echan por la borda los medios más básicos para el crecimiento espiritual y la salud, dejándoles vulnerables a una serie de enemigos espirituales.
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Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres; sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia, porque a Cristo el Señor servís. COLOSENSES 3.23–24 La Biblia condena la pereza, es escandalosa y pecaminosa. Proverbios tiene mucho que decir sobre esto (6.9–11; 10.5; 19.15; 21.25; 24.30–34), incluyendo el contraste de la pereza con la diligencia. «La mano de los diligentes señoreará; mas la negligencia será tributaria» (12.24). «El alma del perezoso desea, y nada alcanza; mas el alma de los diligentes será prosperada» (13.4; cp. 14.23). Si usted es diligente, es muy probable que haga dinero. Si usted es perezoso, es muy probable que no lo haga. El apóstol Pablo enseñó principios similares en el Nuevo Testamento. Exhortó a los creyentes de Tesalónica: «Si alguno no quiere trabajar, tampoco coma» (2 Tesalonicenses 3.10). Él le dijo a Timoteo que instruyera a los miembros de la iglesia en sus obligaciones laborales: «Si alguno no provee para los suyos, y mayormente para los de su casa, ha negado la fe, y es peor que un incrédulo» (1 Timoteo 5.8). Si usted no trabaja a conciencia y con diligencia para mantener a su familia, se está comportando peor que un incrédulo, porque la mayoría de los no cristianos trabaja arduamente para cuidar a sus familias. Debemos estar motivados a huir de la pereza, porque el trabajo es una tarea noble, que se debe realizar para agradar al Señor (Colosenses 3.22–24). Trabajar «no sirviendo al ojo, como los que quieren agradar a los hombres, sino como siervos de Cristo, de corazón haciendo la voluntad de Dios» (Efesios 6.6) debe ser nuestra motivación más elevada. ¿Qué puede hacer para mejorar sus hábitos de trabajo?
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Apunte al corazón del niño Oíd, hijos, la enseñanza de un padre, y estad atentos, para que conozcáis cordura. PROVERBIOS 4.1 Los padres deben estar muy claros en esto: El comportamiento no es la cuestión crucial. Un cambio en el comportamiento no va a resolver el problema de raíz del niño. Un cambio en el comportamiento sin un cambio en el corazón no es más que hipocresía. ¿Cómo pueden los padres pastorear el corazón del niño? En primer lugar, los padres deben ayudar a los niños a comprender que ellos tienen corazones pecaminosos. Los propios niños necesitan saber que todas sus malas palabras, pensamientos y acciones surgen de sus corazones contaminados por el pecado, y el único remedio para esto es el evangelio. El corazón de su hijo es un campo de batalla donde el pecado y la justicia están en conflicto. El mayor problema de su hijo no es la falta de madurez. No es la falta de experiencia o la falta de comprensión. Es el corazón malvado. Esas otras cosas agravarán el problema del corazón. Sin embargo, los remedios para la inmadurez, la ignorancia y la inexperiencia no son una cura para el problema principal. Su hijo no va a superar su propia depravación. Como padres, debemos dirigirnos a los corazones de los hijos. El objetivo de la crianza de los hijos no es el control de la conducta. No se trata simplemente de producir hijos con buenos modales. No se trata de enseñar a nuestros hijos a tener un comportamiento socialmente encomiable. No es que sean educados y respetuosos. No es que sean obedientes. No se trata de conseguir que hagan las cosas para lograr nuestra aprobación. No es que se ajusten a una norma moral. No es que nos den, como padres, algún motivo para estar orgullosos de ellos. El objetivo final y el enfoque correcto de la crianza bíblica son redentores. ¿Qué objetivos se ha marcado para conformar a sus hijos a un nivel moral? What the Bible Says About Parenting, pp. 147–148
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No podéis beber la copa del Señor, y la copa de los demonios; no podéis participar de la mesa del Señor, y de la mesa de los demonios. 1 CORINTIOS 10.21 En 1 Corintios 10.20, Pablo dice que un ídolo en sí mismo no era nada: «Antes digo que lo que los gentiles sacrifican, a los demonios lo sacrifican, y no a Dios; y no quiero que vosotros os hagáis partícipes con los demonios». Nada de lo que el mundo pagano entero sacrifica a sus ídolos de piedra, plata u oro le agrada al Dios verdadero, pero sí a las fuerzas del infierno. Todo está ligado a Satanás y los demonios. Usted tal vez diga: «Ah, ¡pobres paganos bien intencionados! Están abriéndose paso a Dios de la mejor manera que saben». No, están abriéndose paso al infierno. Están conectándose con fuerzas demoníacas que se hacen pasar por ídolos que no existen. No hay dioses aparte del Dios verdadero. La gente piensa que sí, porque los demonios se hacen pasar por los dioses que adoran y hacen suficientes trucos como para mantener a esas personas conectadas con sus falsas deidades. No es simplemente un caso de «qué malo que sean ignorantes”. No están en el limbo sino que se dirigen al infierno. La ignorancia no es excusa. La razón natural que busca a Dios acaba en la ignorancia, la idolatría y lo demoníaco. Los demonios están detrás de todas las religiones falsas. Están detrás de todos los sistemas filosóficos y religiosos. Están detrás de todo lo encumbrado que se levanta contra el conocimiento de Dios. Toda idea no bíblica y contraria a Dios, es diabólica. Algunos me han preguntado: «¿Hay mucha religión satánica en nuestra sociedad?». Sí. Todo, excepto el verdadero cristianismo, es satánico, hasta cierto punto, de una forma u otra. No es que todo el mundo adore directamente a Satanás, aunque algunos lo hacen. Pero toda persona que no adora al Dios vivo y verdadero por Jesucristo, adora, en efecto, a Satanás. ¿Qué puede hacer para ayudar a alguien que está atrapado en una falsa creencia acerca de Dios?
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Y se difundió su fama por toda Siria; y le trajeron todos los que tenían dolencias, los afligidos por diversas enfermedades y tormentos, los endemoniados, lunáticos y paralíticos; y los sanó. MATEO 4.24 Los síntomas de la posesión demoníaca en el Nuevo Testamento son variados. Los endemoniados eran algunas veces personas dementes, como es el caso de dos hombres poseídos por los demonios, que vivían en un cementerio y se comportaban tan fieramente que nadie se atrevía a acercárseles (Mateo 8.28–34; Marcos 5.1–5). Con mucha frecuencia, la posesión demoníaca implicaba padecimientos físicos. No pensemos (como muchos lo hacen) que la descripción bíblica de las posesiones demoníacas, son meras acomodaciones a las supersticiones humanas, o que las enfermedades caracterizadas como posesión demoníaca en la Biblia, fueran en realidad manifestaciones de epilepsia, demencia u otras aflicciones puramente fisiológicas y sicológicas. Las Escrituras hacen una clara distinción entre posesión demoníaca y enfermedad, incluyendo epilepsia y parálisis (Mateo 4.24). La posesión demoníaca implica sujeción a un espíritu demoníaco —una criatura caída verdadera y personal— que habita en la persona afligida. En varios casos, la Escritura describe cómo los espíritus de demonios hablan a través de los labios de aquellos a quienes atormentan (Marcos 1.23–24; Lucas 4.33–35). Algunas veces, Jesús obligaba a los demonios a identificarse, quizás para dar una clara prueba de su poder sobre ellos (Marcos 5.8–14). En todos los casos, sin embargo, la posesión demoníaca es presentada como una aflicción, no como un pecado en sí. Indudablemente, la anarquía, la superstición y la idolatría juegan un gran papel importante, en abrir el corazón de las personas a la posesión demoníaca, pero a ninguno de estos individuos endemoniados en el Nuevo Testamento se les asocia explícitamente con conductas inmorales. Siempre se los presenta como personas atormentadas, no como malhechores obstinados. ¿Qué puntos de vista erróneos de posesión demoníaca ha visto retratado en la sociedad?
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No tendrás dioses ajenos delante de mí. No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. ÉXODO 20.3–4 Por naturaleza, las personas tienden a pasar la gloria de Dios a los ídolos, «ya que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador» (Romanos 1.25). Es por eso que el primer mandamiento se dirige a la idolatría (Éxodo 20.3–5). Pero incluso mientras Moisés recibía ese mandamiento del Señor, Aarón y los israelitas estaban haciendo un becerro de oro para adorarlo (Éxodo 32.1–6). ¿Es nuestra sociedad diferente a la descrita en el primer capítulo de Romanos? Por supuesto que no. La gente en la cultura moderna tiende a tener ídolos materialistas: el dinero, el prestigio, el éxito, la filosofía, la salud, el placer, los deportes, el entretenimiento, las posesiones y otras cosas. Esas cosas se convierten en ídolos cuando les damos el amor y la dedicación que le debemos a Dios. El problema es el mismo: culto a la creación antes que al Creador. Pero no piense que la idolatría en nuestra sociedad es de alguna manera más sofisticada que la idolatría del paganismo primitivo. Tenga en cuenta los cambios que han tenido lugar en la religión en Estados Unidos en los últimos cincuenta años. El movimiento de la Nueva Era ha popularizado el hinduismo. La astrología, el espiritismo y el ocultismo han disfrutado de una popularidad sin precedentes. Las religiones indígenas norteamericanas, el vudú, la santería, el druidismo, Wicca (brujería) y otras creencias paganas antiguas han sido revividos. El culto a Satanás, algo inaudito en este país hace dos generaciones, es una de las sectas con más rápido crecimiento en la nación. Ahora la gente en nuestra cultura está adorando a los elementos, búhos manchados, o los delfines y las ballenas. El culto a la Tierra y a las criaturas parece estar en su apogeo en esta sociedad, que no tiene lugar para el Dios creador. La Madre Tierra es preferible al Dios Padre.
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La verdadera confesión de pecado no es solo admitir que hizo algo mal, sino que reconoce que su pecado fue contra Dios y haciendo caso omiso de Él personalmente. Por lo tanto, la característica principal de la confesión es estar de acuerdo con Dios que se es un impotente culpable. De hecho, la palabra griega para confesión literalmente significa «decir lo mismo». Confesar sus pecados es decir la misma cosa que Dios dice acerca de ellos, reconociendo que la perspectiva de Dios de sus pecados es la correcta. Por esa razón, la verdadera confesión también implica arrepentimiento; apartándose del mal pensamiento o la mala acción. No ha confesado sinceramente sus pecados hasta que haya expresado el deseo de apartarse de ellos. La verdadera confesión incluye un quebrantamiento que inevitablemente conduce a un cambio de comportamiento. En Isaías 66.2, el Señor dice: «Miraré a aquel que es pobre y humilde de espíritu, y que tiembla a mi palabra». Cuando ore, vaya a Dios temblando por quebrantar su Palabra, anhelando la victoria sobre sus debilidades y fracasos. Sin embargo, confesar su pecado no elimina el castigo de Dios (disciplina) en su vida. A pesar de que se arrepienta, Dios a menudo le castigará para corregir su comportamiento en el futuro. Cuando Dios nos disciplina como sus hijos, es para nuestro beneficio. Hebreos 12.5–11 dice que Él nos disciplina como hijos para que podamos ser mejores hijos. La confesión nos permite ver la disciplina desde la perspectiva de Dios. Solo entonces puede ver cómo Dios, a través de resultados dolorosos, le está conformando a usted para apartarlo del pecado y llevarlo a la justicia.
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debe sorprender que a medida que el mundo defiende cada vez más el amor propio y la autorrealización personal, los problemas de promiscuidad, abuso y perversión sexual, de robo, mentira, homicidio, suicidio, angustia y todas las demás formas de males morales y sociales, se estén multiplicando exponencialmente.
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Todas las cosas son puras para los puros, mas para los corrompidos e incrédulos nada les es puro; pues hasta su mente y su conciencia están corrompidas. TITO 1.15 El pecado es un tirano cruel. Infecta el alma, corrompe la mente, profana la conciencia, contamina los afectos y envenena la voluntad. Es el cáncer destructor de la vida y condenador del alma que supura y crece en cada corazón humano no redimido como una gangrena incurable. Pero los incrédulos no solo están infestados por el pecado; están esclavizados por él. Jesús dijo a sus oyentes en Juan 8.34: «De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado». También el apóstol Pedro describió a los falsos maestros como «esclavos de corrupción. Porque el que es vencido por alguno es hecho esclavo del que lo venció» (2 Pedro 2.19). Todo ser humano hasta el momento de su redención está bajo el dominio de la oscuridad y el pecado. No sorprende, pues, que la noción misma de tal esclavitud absoluta (una doctrina comúnmente conocida como «depravación total» o «inhabilidad total») repugne al corazón caído. Es más, ninguna doctrina es más odiada por los incrédulos que esta y hasta algunos cristianos la encuentran tan ofensiva que la atacan con pasión. Aunque la depravación total es una de las doctrinas de la gracia más atacadas y minimizadas, es la más distintiva porque es la base de un entendimiento correcto del evangelio (en el que Dios lo inicia todo y recibe toda la gloria). La Escritura es clara: a menos que el Espíritu de Dios dé vida espiritual, todos los pecadores están completamente incapacitados para cambiar su naturaleza caída o para rescatarse ellos mismos del pecado y del juicio divino. Contraste esto con cualquier otro sistema religioso en los que se les dice a las personas que a través de sus propios esfuerzos pueden lograr algunos niveles de justicia, contribuyendo consiguientemente a su salvación. Nada podría estar más lejos de la verdad.
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Los verdaderos efectos del pecado Echadle en las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes. MATEO 22.13 El pecado nunca realmente satisface. Hay placeres momentáneos en el pecado (cp. Hebreos 11.25), pero invariablemente dan paso a la tristeza, la miseria y el dolor. En un momento de búsqueda del placer motivado por su amor al dinero, Judas rechazó cualquier posibilidad de verdadera alegría o satisfacción permanente. Pablo escribió: «Raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores» (1 Timoteo 6.10). Judas es el prototipo de lo que Pablo estaba describiendo. Nadie atravesó por más pena y todo por el necio amor al dinero. Judas no recibiría ninguna simpatía o apoyo de sus compañeros de conspiración. La respuesta de ellos a su confesión fue en son de burla: «Mas ellos dijeron: ¿Qué nos importa a nosotros? ¡Allá tú!» (Mateo 27.4). Judas, completamente sin amigos, sin esperanza y desconsolado por el peso de su propia culpa, entonces selló su destrucción propia para siempre con un acto de suicidio. Tal vez pensó Judas que por suicidarse finalmente obtendría alivio de su culpa. Lo contrario es cierto. Al matarse a sí mismo se ató a su culpa para siempre. De todas las personas, Judas debería haber sabido esto, pues había oído repetidamente la enseñanza de Jesús acerca del infierno como un lugar de tormento eterno, de fuego que nunca se apagará, de llanto y crujir de dientes que continuará día y noche por los siglos (Mateo 8.12; 13.42, 50; 22.13; 24.51; 25.30; Marcos 9.43–48; Lucas 13.28). En el infierno el dolor de la culpa y de la conciencia serán eternamente intensificados.
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También les refirió Jesús una parábola sobre la necesidad de orar siempre, y no desmayar. LUCAS 18.1 Normalmente no pensamos que la oración es un trabajo. Tendemos a pensar que es algo inactivo. Pero no lo es. La oración es esfuerzo y es el primero y más importante trabajo de todo ministerio. La oración por sí misma es, después de todo, un reconocimiento implícito de la soberanía de Dios. Sabemos que no podemos cambiar los corazones de las personas y por eso oramos para que Dios lo haga. Sabemos que es Dios el que añade a su iglesia, por eso ahora oramos para que sea el Señor de la cosecha. Sabemos que «Si Jehová no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican; si Jehová no guardare la ciudad, en vano vela la guardia» (Salmos 127.1). La oración es esfuerzo, no hay duda de ello. Es difícil mantenerse enfocado. No es fácil interceder por los demás. Pero el líder sabio no será negligente a esa primera tarea del negocio. Nada, sin importar lo vital que parezca, es más urgente. Y, por lo tanto, no debemos permitir que algo se interponga entre la oración y un plan agotador. Mi consejo es comenzar cada día con un tiempo específico de oración. No permita que las interrupciones o las citas le distraigan su primera prioridad. Busque al Señor cuando la mente está fresca. La oración ya es difícil sin tener que agregarle una mente fatigada. No desperdicie sus horas más brillantes haciendo cosas menos importantes. Pero tampoco limite las oraciones a las mañanas «orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos» (Efesios 6.18).
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Hay solo una razón por la que la gente que sabe la verdad del evangelio no está dispuesta a arrepentirse y creer. Es que no se ven como pobres, presos, ciegos y oprimidos. Esto no tiene nada que ver con el estilo de música que ofrece su iglesia, ni el drama que presenta en su plataforma, ni la calidad de su presentación láser. Tiene que ver con la mortandad espiritual y la ceguera del orgullo. Dios no ofrece nada a los que están contentos en su propia condición, excepto castigo. Si usted no piensa que se dirige al infierno y no piensa que necesita perdón, es porque no asigna ningún valor al evangelio de la gracia. No se puede predicar la salvación, ni conducir a nadie a la salvación, ni alcanzar la salvación a menos que uno esté dispuesto a humillarse y reconocer su condición de pecador. De nuevo, esto es cuestión de negarse a uno mismo, ¿verdad?
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El verdadero evangelio es un llamado a negarse a uno mismo. No es un llamado a la autorrealización. Eso lo pone contra la proclamación contemporánea del evangelio, en la que los ministros ven a Jesús como un genio utilitario. Uno frota la lámpara, Cristo sale y le dice que puede tener lo que se le antoje; uno le da la lista, y él lo cumple. Jesús lo dijo inequívoca e inescapablemente: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará» (Mateo 16.24–25). No se trata de exaltarme a mí mismo, se trata de matarme a mí mismo. Es la muerte del yo. Uno gana al perder; uno vive al morir. Ese es el mensaje central del evangelio. Esa es la esencia del discipulado. El pasaje no menciona nada de mejorar la autoestima, de ser rico y triunfante, de sentirse bien respecto a uno mismo o de tener satisfechas todas las necesidades, que es lo que muchas iglesias predican estos días a fin de dorar la píldora de la verdad. Así que, ¿quién tiene razón? ¿Es el mensaje del cristianismo de realización propia o es la negación de uno mismo? No puede ser ambas cosas. Si es cuestión de opinión, yo hago lo mío y usted hace lo suyo, y ambos nos deslizamos raudos y contentos en direcciones diferentes. Pero el cristianismo, el evangelio genuino de Jesucristo, no es cuestión de opinión. Es cuestión de verdad. Lo que usted quiere, lo que yo quiero o lo que cualquiera quiere no importa. Es lo que es… por la voluntad soberana de Dios.
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El que siembra escasamente, también segará escasamente; y el que siembra generosamente, generosamente también segará. 2 CORINTIOS 9.6 El «evangelio de la prosperidad» dice que Dios quiere que sus seguidores sean ricos y tengan todo lo mejor de la vida: casas grandes y raras, automóviles caros de lujo, los armarios más ostentosos y así sucesivamente. Esto impulsado por la herejía de la codicia es popular porque declara que la función principal de Dios es repartir bienes materiales a su pueblo. El movimiento afirma ser capaz de enseñar a la gente (mediante grandes cantidades de remuneración) cómo conectarla a la longitud de onda espiritual correcta para que Dios le entregue todo el dinero y los bienes imaginables para complacer cada indulgencia personal. También la cultura secular hace llamamientos falsos a ser próspero mediante el trabajando duro, ganando tanto dinero como sea posible, entonces acaparar, ahorrar e invertir su dinero tan astutamente como sea posible. A su juicio, es la única manera de aumentar su patrimonio neto y garantizar una jubilación próspera. Ninguna de esas filosofías para hacerse rico, sin embargo, puede coincidir con el verdadero camino de Dios para la prosperidad. El Señor está interesado en sus necesidades materiales, y realmente Él tiene un plan para su prosperidad financiera que promete satisfacer todas sus necesidades. Él no deja de lado el trabajo duro, el ahorro o la inversión sabia, pero rechaza aberraciones como el evangelio de la prosperidad y los métodos centrados en el hombre, basados en la acumulación y acaparamiento. El plan de Dios para la prosperidad genuina del creyente, como se indica en su Palabra, es simplemente este: Usted y yo debemos dar lo que tenemos. Segunda Corintios 9.6–15 dilucida el camino de Dios hacia la prosperidad como ningún otro pasaje de las Escrituras. El cristiano generoso nunca debe temer no tener suficiente. Eso es porque cuanto más se da, más Dios le da a cambio.
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A pesar de que nuestra esperanza es futura, se garantiza ahora. Para nosotros, la gloria futura es una realidad presente. Es por eso que perseveraremos mientras aguardamos nuestra glorificación. No importa cuáles sean las pruebas y las luchas que encontramos mientras esperamos, podemos estar seguros de que Dios cumplirá su llamado a nosotros y nos llevará a la gloria.
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El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará. JUAN 12.25 En Lucas 14.26 se nos dice que una gran multitud lo seguía y que él se volvió y les dijo: «Si alguno viene a mí», es decir, el que quiera ser un verdadero seguidor, «y no aborrece a su padre y madre, mujer e hijos, hermanos y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo». ¿Aborrecerse uno mismo? ¡Qué verdad más tremenda! Esta no es salvación por buenas obras, sino todo lo opuesto: salvación al rechazar toda esperanza de agradar a Dios por nuestras fuerzas. Seguir a Jesús no es asunto que dependa de usted o de mí. Ser creyente no es cuestión de nosotros, no es cuestión de estima propia. Más bien es cuestión de estar hastiados de nuestro pecado y de nuestra desesperación por el perdón. Es cuestión de ver a Cristo como el invaluable Salvador del pecado, la muerte y el infierno, para que voluntariamente dejemos a un lado lo que sea necesario, aun si nos cuesta nuestra familia, nuestro matrimonio y lo que sea que atesoramos y poseemos. Hasta nos puede costar la vida, como Jesús dijo en Lucas 9.24 y lo reafirmó en 14.27: «Y el que no lleva su cruz», es decir, el que no está dispuesto a morir y dar su vida, «y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo». No puede ser más claro que esto. Si usted trata de aferrarse a sí mismo, a su plan, a su agenda, a su triunfo, a su autoestima, pierde el perdón y el cielo. La senda que Jesús seguía era la senda de la persecución y de la muerte (vea Juan 12.24–25). Así que quiere seguir a Jesús, ¿verdad? Le va a costar absolutamente todo.
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La justificación Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención. 1 CORINTIOS 1.30 En su sentido teológico, la justificación es un término forense o puramente legal. En él se describe lo que Dios declara acerca del creyente, no lo que Él hace para cambiar el creyente. De hecho, la justificación no efectúa ningún cambio real en absoluto en la naturaleza o el carácter del pecador. La justificación es un decreto judicial divino. Esto cambia nuestro estado solamente, pero tiene ramificaciones que garantizan que otros cambios seguirán. Decretos forenses de este tipo son bastante comunes en la vida cotidiana. Cuando el presidente del jurado lee el veredicto, el acusado ya no es «el acusado». Legal y oficialmente al instante se convierte en culpable o inocente, según el veredicto. Nada ha cambiado en su naturaleza, pero si se le encuentra culpable no va a salir del tribunal como un hombre libre a los ojos de la ley, plenamente justificado. En términos bíblicos, la justificación es un veredicto divino de «no culpable y totalmente justo». Es la inversión de la actitud de Dios hacia el pecador. Mientras que anteriormente lo condena, ahora lo reivindica. Aunque el pecador una vez vivió bajo la ira de Dios, como un creyente está ahora bajo la bendición de Dios. La justificación es más que simple perdón; el perdón solo seguiría dejando al pecador sin méritos ante Dios. Así que cuando Dios justifica, le atribuye justicia divina al pecador (Romanos 4.22–25). El propio mérito infinito de Cristo se convierte así en el fundamento sobre el cual el creyente se encuentra ante Dios (Romanos 5.19; 1 Corintios 1.30; Filipenses 3.9). De modo que la justificación del creyente lo eleva a un reino de plena aceptación y privilegio divino en Jesucristo. ¿Qué efectos tiene en su vida cotidiana el estar justificado? The Gospel According to the Apostles, pp. 89–90
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Siembre un pensamiento, cosechará una acción. Siembre un acto, cosechará un hábito. Siembre un hábito y cosechará un carácter. Siembre un carácter y cosechará un destino. Los
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Cuando Jesús hubo tomado el vinagre, dijo: Consumado es» (Juan 19.30). En el texto griego, «Consumado es» es una sola palabra: ¡Tetelestai! Fue un grito triunfante, lleno de rico significado. Él no quiso decir simplemente que su vida terrenal había terminado. Quería decir que la obra que el Padre le había dado que hacer estaba ahora completa. Aunque colgaba allí, pareciendo una víctima patética y perdida, Él celebró el triunfo más grande en la historia del universo. La obra expiatoria de Cristo había sido terminada, la redención de los pecadores estaba completa y Él estaba triunfante. Cristo había cumplido a favor de los pecadores todo lo que la ley de Dios requería de ellos. La completa expiación había sido hecha. Todo lo que la ley ceremonial presagió se había cumplido. La justicia de Dios estaba satisfecha. El rescate por el pecado fue pagado en su totalidad. La paga del pecado se estableció para siempre. Todo lo que quedaba era que Cristo muriera para que resucitara también. Es por esto que nada se puede añadir a la obra de Cristo para la salvación. Ni ritual religioso ya sea el bautismo ni penitencia, ni ninguna obra humana puede ser añadida para hacer eficaz la obra de Cristo. No hay obras humanas adicionales que pudieran aumentar o mejorar la expiación que Él compró en la cruz. El pecador no está obligado a contribuir en nada para ganarse el perdón o una buena relación con Dios; el mérito de Cristo por sí solo es suficiente para nuestra completa salvación. ¡Tetelestai! Su obra expiatoria se hizo. Es todo lo que se necesita.
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When you remember who owns you, acknowledge the covenant of obedience you made at salvation, recognize sin as a violation of your relationship with God, learn to control your imagination, and live to advance God's kingdom, you will become a self-disciplined person who pleases the Lord.
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