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John MacArthur

John MacArthur


John F. MacArthur, Jr. is a fifth-generation preacher who serves as a pastor-teacher of Grace Community Church in Sun Valley, California. He is also a prolific author, conference speaker, and is president of The Master's College and Seminary. MacArthur received a B.A. from Los Angeles Pacific College, his M.Div. from Talbot Theological Seminary, Litt.D. at Grace Graduate School, and D.D. from Talbot Theological Seminary. In addition to his administrative responsibilities, he regularly teaches Expository Preaching at the seminary and frequently speaks in chapel.

MacArthur's pulpit ministry has been extended around the globe through his media ministry, Grace to You, and its satellite offices in Australia, Canada, Europe, India, New Zealand, Singapore, and South Africa. In addition to producing daily radio programs for nearly 2,000 English and Spanish radio outlets worldwide, Grace to You distributes books, software, audiotapes, and CDs by John MacArthur. In thirty-six years of ministry, Grace to You has distributed more than thirteen million CDs and audiotapes.

      John Fullerton MacArthur, Jr. is a United States evangelical writer and minister, noted for his radio program entitled Grace to You. MacArthur is a fifth-generation pastor, a popular author and conference speaker and has served as the pastor-teacher of Grace Community Church in Sun Valley, California since 1969, and as the President of The Master's College (and the related The Master's Seminary) in Santa Clarita, California.

      Theologically, MacArthur is a conservative far-right Baptist, a strong proponent of expository preaching, a dispensationalist and a self-described Calvinist. He has been acknowledged by Christianity Today as one of the most influential preachers of his time, and is a frequent guest on Larry King Live as representative of an evangelical Christian perspective.

      MacArthur has authored or edited more than 150 books, most notably the MacArthur Study Bible, which has sold more than 1 million copies and received a Gold Medallion Book Award. Other best-selling books include his MacArthur New Testament Commentary Series (more than 1 million copies), Twelve Ordinary Men, (more than 500,000 copies), and the children's book A Faith to Grow On, which garnered an ECPA Christian Book Award.

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God honored Solomon's request because he was pleased with what Solomon had asked. This teaches us that God values discernment and honors those who seek after it.
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No conocemos todo lo que hay que conocer, pero lo que Dios nos enseña a través de la Biblia es verdadero y digno de confianza.
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And Richard Phillips writes, "Theology bores today's Christians, which is another way of saying we are bored with God himself.
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Cuando Dios nos da un don, podemos esperar que también nos de pasión [...]. La persona apasionada por acoger a otros en su hogar, muy bien podría tener el don de hospitalidad; la persona que le encanta organizar reuniones, podría estar dotada de con un tipo de liderazgo; la que se apasiona por la verdad de Dios, podría estar dotada de discernimiento.
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and the knowledge of the Holy One is insight." The word translated as "insight" is a Hebrew equivalent to "discernment.
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The doctrines of divine sovereignty (that God elected sinners for salvation in eternity past) and human responsibility (that sinners are held accountable for how they respond to the gospel) are both clearly taught in Scripture, and play an important role in this passage. Without apology or excuse, the Bible teaches that the Father “chose [believers] in Him [Jesus Christ] before the foundation of the world” (Eph. 1:4; cf. Col. 3:12; Titus 1:1; 2 John 1). In eternity past, they were “predestined” for justification (Rom. 8:29), adoption (Eph. 1:5), and a heavenly inheritance (Eph. 1:11). Based on no merit or work of their own (Eph. 2:8; Titus 3:5), God “saved [believers] and called [them] with a holy calling,
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Vosotros también, poniendo toda diligencia por esto mismo, añadid a vuestra fe virtud; a la virtud, conocimiento; al conocimiento, dominio propio; al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad. 2 PEDRO 1.5–6 «Así que, yo de esta manera corro, no como a la ventura; de esta manera peleo, no como quien golpea el aire» (1 Corintios 9.26). Observe que Pablo no estaba boxeando con la sombra ni tampoco era un aprendiz. Él se encontraba en una pelea de verdad. Mientras estaba corriendo, también estaba peleando. Tenía un oponente al que debía seguir golpeando, porque si no este lo sacaría de la pista. Este oponente, recuerde, era su propia carne; en otras palabras, las tendencias pecaminosas que con frecuencia se asocian a los apetitos corporales y a los deseos carnales. Él estaba corriendo para ganar y boxeando para no perder. En términos positivos, estaba cultivando la disciplina de la rudeza mental para que sus ojos estuvieran fijos en el premio y sus pies se movieran en la dirección correcta. En otros términos, estaba cultivando la disciplina del autocontrol para poder detener a su carne de modo que no le hiciera perder la carrera. Todo atleta sabe cómo es esta lucha. Todo buen atleta debe mantener su cuerpo bajo control. No puede tener sobrepeso ni perder la salud. Cuida su cuerpo, se ejercita para mantenerse en forma y se esfuerza para desarrollar músculos. Se mantiene en control de su cuerpo. La mayoría de las personas, en contraste, son dominadas por sus cuerpos. Estos les dicen a sus mentes lo que deben hacer. Es por eso que el principio del pecado se llama «la carne» en todas las epístolas paulinas. El cuerpo en sí no es malo, sino mas bien los malos deseos que se asocian frecuentemente con él. Por eso Pablo dijo que necesitábamos «hacer morir las obras de la carne» (Romanos 8.13) y «crucificar la carne con sus pasiones y deseos» (Gálatas 5.24).
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Hay una real paradoja, no una incoherencia, en estas verdades. Todos los cristianos pecan (1 Juan 1.8), pero también todos los cristianos obedecen: «En esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos» (1 Juan 2.3). El pecado y la carnalidad todavía están presentes en todos los creyentes (Romanos 7.21), pero no pueden ser el sello distintivo de su carácter (Romanos 6.22). «Amado, no imites lo malo, sino lo bueno. El que hace lo bueno es de Dios; pero el que hace lo malo, no ha visto a Dios» (3 Juan 11). Esto habla de dirección, no de perfección. Pero está claro que hace que el comportamiento sea una prueba de la realidad de la fe. ¿Dónde ve evidencia de la fe en su vida?
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La justificación es distinta de la santificación, porque en la justificación de Dios no hace justo al pecador, Él lo declara justo (Romanos 3.28; Gálatas 2.16). La justificación imputa la justicia de Cristo a favor del pecador (Romanos 4.11). La santificación imparte justicia al pecador personalmente y en la práctica (Romanos 6.1–7; 8.11–14). La justificación tiene lugar fuera de los pecadores y los cambios de su situación (Romanos 5.1–2). La santificación es interna y cambia el estado del creyente (Romanos 6.19). La justificación es un acontecimiento, la santificación es un proceso. Los dos deben distinguirse uno del otro, pero nunca se pueden separar. Dios no justifica a quien no santifica, y Él no santifica a quien no justifica. Ambos son elementos esenciales de la salvación. La corrupción de la doctrina de la justificación da como resultado graves errores teológicos. Si la santificación se incluye en la justificación, entonces la justificación es un proceso, no un suceso. Esto hace que la justificación sea progresiva, no completa. Entonces se está de pie delante de Dios en base a la experiencia subjetiva, no seguro por una declaración objetiva. La justificación, por lo tanto, puede ser experimentada y luego perdida. La seguridad de la salvación en esta vida se vuelve prácticamente imposible porque la seguridad no puede ser garantizada. El fundamento de la justificación del pecador es en última instancia la virtud propia continua en el presente, no la justicia perfecta de Cristo y su obra expiatoria. Es evidente que esta idea va en contra de la enseñanza bíblica.
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Es un peligro, aun para la gente que ama a Cristo, que lleguemos a estar tan involucrados haciendo cosas para Él que comencemos a descuidar el oírlo y recordar lo que ha hecho por nosotros. Nunca debemos permitir que nuestro servicio a Cristo sobrepase nuestra adoración a Él. El momento en que nuestras obras llegan a ser más importantes que nuestra adoración, significa que hemos cambiado de lugar las verdaderas prioridades. En el momento en que se alcen las buenas acciones por sobre la doctrina y la verdadera adoración, también se estarán arruinando las obras. Hacer buenas obras por las obras tiende a exaltar el ego y a despreciar la obra de Dios. Buenas acciones, caridad humana y acciones de bondad son expresiones cruciales de una fe real, pero deben fluir de una verdadera confianza en la redención de Dios y su justicia. Después de todo, nuestras propias buenas obras nunca podrán ser un medio para ganarnos el favor de Dios; por eso es que en las Escrituras el foco de la fe está siempre sobre lo que Dios ha hecho por nosotros, y nunca sobre lo que nosotros hemos hecho por Él (Romanos 10.2–4).
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Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas. EFESIOS 2.10 No se puede dejar de subrayar que las obras no juegan ningún papel en la obtención de la salvación. Sin embargo, las buenas obras tienen que ver con vivir la salvación. Ninguna obra buena puede ganar la salvación, pero las buenas obras son el resultado de la salvación genuina. Las buenas obras no son necesarias para llegar a ser un discípulo, pero las buenas obras son necesarias como las marcas de todos los verdaderos discípulos. Dios, después de todo, nos ordenó que anduviésemos en ellas. Tenga en cuenta que antes de que podamos hacer alguna buena obra para el Señor, Él hace su buena obra en nosotros. Por la gracia de Dios, llegamos a ser «hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras». La misma gracia que nos dio vida juntamente con Cristo y nos resucitó con Él, nos capacita para hacer las buenas obras para las que Él nos ha salvado. Advierta también que es Dios quien preparó estas buenas obras. No obtenemos ningún mérito por ellas. Incluso nuestras buenas obras son obras de su gracia. Sería apropiado llamarlas «obras de gracia». Son la evidencia corroborante de la verdadera salvación. Estas obras, al igual que todos los demás aspectos de la salvación divina, son el producto de la gracia soberana de Dios. Las buenas acciones y actitudes virtuosas son intrínsecas a lo que somos cristianos. Proceden de la naturaleza misma de quien vive en el reino de los cielos. Al igual que los inconversos son pecadores por naturaleza, los redimidos son justos por naturaleza.
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Desafortunadamente, hay mucha superstición y confusión sobre el significado de la sangre de Cristo. Un popular libro escrito hace varios años por un autor evangélico conocido sugiere que hay algo único acerca de la química de la sangre de Cristo. Supuso que la sangre de Cristo no era sangre humana. En cambio, dijo, la sangre que corre por las venas de Jesús era la sangre de Dios. Otros cristianos han mal interpretado canciones conocidas acerca de la sangre de Cristo (como «Hay poder en la sangre» o «Hay una fuente sin igual de sangre»). Se imaginan que hay alguna característica sobrenatural en la sangre de Cristo que lo hace espiritualmente poderosa. Algunos incluso suponen que la sangre literal de Cristo se aplica por algunos medios místicos a cada creyente en la conversión, y después se recoge de nuevo para que pueda ser aplicada continuamente y vuelta a aplicar. Mucha gente cree que solo mencionar la sangre de Cristo es un poderoso medio de sofocar la actividad demoníaca como un abracadabra cristiano. Ideas fantasiosas como las que surgen de la misma forma de pensar supersticioso dio lugar a la idea de la transubstanciación. Cuando las Escrituras dicen que somos redimidos por la sangre de Cristo, no debemos pensar que su plasma o glóbulos tienen alguna propiedad sobrenatural. Su sangre era la sangre humana normal, al igual que todo su cuerpo era totalmente humano en todos los aspectos. El «poder en la sangre» que cantamos reside en la expiación que Él realizó mediante el derramamiento de su sangre, no en el líquido en sí. Así que cuando la Biblia habla acerca de la sangre de Cristo, se utiliza la expresión como una metonimia de su muerte expiatoria.
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Estoy convencido de que estamos viviendo en una sociedad poscristiana, una civilización que está bajo el juicio de Dios. Si esto suena un poco pesimista o cínica para usted, en realidad no lo es. Las Escrituras predijeron con exactitud tiempos como estos (vea 2 Timoteo 3.1–5, 13). Pero los propósitos de Dios se cumplen, no importa cómo la gente se esfuerce vanamente en contra de Él. Tito 2.11–12 nos asegura que la gracia de Dios aparece, trayendo salvación en medio de la más baja depravación humana, enseñándonos a vivir «sobria, justa y piadosamente» (v. 12). Hay una gran esperanza, aun en medio de una generación maligna y perversa, para los que aman a Dios. Recuerde, Él edificará su iglesia y «las puertas del Hades no prevalecerán contra ella» (Mateo 16.18). También es capaz de hacer que todas las cosas cooperan para el bien de sus elegidos (Romanos 8.28). Cristo mismo intercede por sus escogidos, personas que no son de este mundo, así como Él no es de este mundo (Juan 17.14). ¿Cuál es su oración? «No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal… Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad» (vv. 15, 17). Entonces nuestro deber como creyentes con respecto al pecado es no tratar de purgar todos los males de la sociedad, sino que nosotros mismos nos ocupemos con diligencia en la tarea de nuestra santificación. Tenemos que preocuparnos más por el pecado en nuestras propias vidas. Solo cuando la iglesia se convierta en santa podrá comenzar a tener un efecto real y poderoso en el mundo exterior.
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Sean gratos los dichos de mi boca y la meditación de mi corazón delante de ti, oh Jehová, roca mía, y redentor mío. SALMOS 19.14 El significado de la Palabra de Dios no es para nada oscuro o difícil de comprender como las personas hoy día lo hacen ver. Admito que algunas cosas de la Biblia son difíciles de entender (2 Pedro 3.16), pero su verdad central y esencial es lo bastante sencilla como para que nadie se confunda con ella. «El que anduviere en este camino, por torpe que sea, no se extraviará» (Isaías 35.8). Por otra parte, nuestra percepción individual de la verdad puede cambiar y de hecho así lo hace. Por supuesto que adquirimos mayor entendimiento a medida que crecemos. Todos comenzamos siendo nutridos con la leche de la Palabra. Cuando adquirimos la habilidad de masticar y digerir verdades más difíciles, se supone que debemos ser fortalecidos por el alimento sólido de la Palabra (1 Corintios 3.2; Hebreos 5.12). Esto es, movernos de un conocimiento de niño a un entendimiento de verdad más maduro en toda su riqueza y relación con otra verdad. Sin embargo, la verdad misma no cambia solo porque cambie nuestro punto de vista. Cuando maduramos en nuestra habilidad de percibir la verdad, la verdad en sí misma se mantiene invariable. Nosotros debemos ajustar todos nuestros pensamientos a la verdad (Salmos 19.14), no estamos autorizados a redefinir el término «Verdad» para adaptarlo a nuestros propios puntos de vista, preferencias o deseos. No debemos ignorar o descartar verdades seleccionadas solo porque podemos llegar a encontrarlas difíciles de recibir o de sondear. Después de todo, no podemos volvernos perezosos o apáticos acerca de la verdad cuando el precio de entenderla o defenderla se torna exigente o costoso. Tal acercamiento egoísta a la verdad es equivalente a la usurpación a Dios (Salmos 12.4). Quienes toman esa ruta garantizan su propia destrucción (Romanos 2.8–9).
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El que siembra escasamente, también segará escasamente; y el que siembra generosamente, generosamente también segará. 2 CORINTIOS 9.6 El «evangelio de la prosperidad» dice que Dios quiere que sus seguidores sean ricos y tengan todo lo mejor de la vida: casas grandes y raras, automóviles caros de lujo, los armarios más ostentosos y así sucesivamente. Esto impulsado por la herejía de la codicia es popular porque declara que la función principal de Dios es repartir bienes materiales a su pueblo. El movimiento afirma ser capaz de enseñar a la gente (mediante grandes cantidades de remuneración) cómo conectarla a la longitud de onda espiritual correcta para que Dios le entregue todo el dinero y los bienes imaginables para complacer cada indulgencia personal. También la cultura secular hace llamamientos falsos a ser próspero mediante el trabajando duro, ganando tanto dinero como sea posible, entonces acaparar, ahorrar e invertir su dinero tan astutamente como sea posible. A su juicio, es la única manera de aumentar su patrimonio neto y garantizar una jubilación próspera. Ninguna de esas filosofías para hacerse rico, sin embargo, puede coincidir con el verdadero camino de Dios para la prosperidad. El Señor está interesado en sus necesidades materiales, y realmente Él tiene un plan para su prosperidad financiera que promete satisfacer todas sus necesidades. Él no deja de lado el trabajo duro, el ahorro o la inversión sabia, pero rechaza aberraciones como el evangelio de la prosperidad y los métodos centrados en el hombre, basados en la acumulación y acaparamiento. El plan de Dios para la prosperidad genuina del creyente, como se indica en su Palabra, es simplemente este: Usted y yo debemos dar lo que tenemos. Segunda Corintios 9.6–15 dilucida el camino de Dios hacia la prosperidad como ningún otro pasaje de las Escrituras. El cristiano generoso nunca debe temer no tener suficiente. Eso es porque cuanto más se da, más Dios le da a cambio.
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El verdadero evangelio es un llamado a negarse a uno mismo. No es un llamado a la autorrealización. Eso lo pone contra la proclamación contemporánea del evangelio, en la que los ministros ven a Jesús como un genio utilitario. Uno frota la lámpara, Cristo sale y le dice que puede tener lo que se le antoje; uno le da la lista, y él lo cumple. Jesús lo dijo inequívoca e inescapablemente: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará» (Mateo 16.24–25). No se trata de exaltarme a mí mismo, se trata de matarme a mí mismo. Es la muerte del yo. Uno gana al perder; uno vive al morir. Ese es el mensaje central del evangelio. Esa es la esencia del discipulado. El pasaje no menciona nada de mejorar la autoestima, de ser rico y triunfante, de sentirse bien respecto a uno mismo o de tener satisfechas todas las necesidades, que es lo que muchas iglesias predican estos días a fin de dorar la píldora de la verdad. Así que, ¿quién tiene razón? ¿Es el mensaje del cristianismo de realización propia o es la negación de uno mismo? No puede ser ambas cosas. Si es cuestión de opinión, yo hago lo mío y usted hace lo suyo, y ambos nos deslizamos raudos y contentos en direcciones diferentes. Pero el cristianismo, el evangelio genuino de Jesucristo, no es cuestión de opinión. Es cuestión de verdad. Lo que usted quiere, lo que yo quiero o lo que cualquiera quiere no importa. Es lo que es… por la voluntad soberana de Dios.
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Todo el mal en la crucifixión, provocó un bien infinito. De hecho, este fue el acto más malvado jamás perpetrado por corazones pecaminosos: El Hijo de Dios sin pecado, el santo Dios mismo en carne humana, fue asesinado injustamente después de haber sido sometido a las más horribles torturas que podrían ser concebidas por mentes perversas. Era el mal de todos los males, el peor acto de depravación humana que jamás podría concebirse y el mal más vil que jamás se haya cometido. Sin embargo, de este provino el mayor bien de todos los tiempos: La redención de un sin número de almas y la manifestación de la gloria de Dios como Salvador. Aunque los asesinos pensaron el mal contra Cristo, Dios lo encaminó a bien, para salvar a muchos (cp. Génesis 50.20). La cruz es por lo tanto la prueba definitiva de la soberanía absoluta de Dios. Sus propósitos se cumplen siempre, a pesar de las malas intenciones de los pecadores. Dios aun obra su justicia a través de las malas acciones de agentes injustos. Lejos de hacerlo culpable por su maldad, esto demuestra cómo todo lo que Él hace es bueno, y como Él es capaz de obrar para que todas las cosas ayuden a bien (Romanos 8.28), incluso el acto más malvado de los poderes del mal que ha conspirado para llevar a cabo. Por otra parte, si Dios estaba soberanamente en control cuando las manos injustas de hombres asesinos pusieron a su amado Hijo en la cruz, ¿por qué alguien se resiste a la idea de que Dios todavía está soberanamente en control, incluso cuando se producen males menores? La cruz, por lo tanto, establece la soberanía absoluta de Dios fuera de toda duda.
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¿Cómo podemos vivir en una sociedad pagana de una manera que honre a Dios, de tal manera que no alienemos a las mismas personas que Dios quiere alcanzar con el evangelio? Debemos recordar dedicarnos a buenas obras, que las Escrituras dicen serán el resultado de nuestra salvación. Pablo resume esto muy bien en Tito 3.8: «Palabra fiel es esta, y en estas cosas quiero que insistas con firmeza, para que los que creen en Dios procuren ocuparse en buenas obras. Estas cosas son buenas y útiles a los hombres». Simplemente tenemos que entender y obedecer todas las instrucciones del apóstol, por medio del Espíritu Santo, que nos da acerca de qué significa el cuerpo de Cristo y cómo el mismo debe funcionar en la tierra. Su primer llamado no es a cambiar su cultura, a reformar la conducta moral externa y profesar convicciones políticas de los que le rodean, o para rehacer la sociedad superficialmente, de acuerdo con una especie de «plan maestro cristiano evangélico». En su lugar, siempre debe recordar que el Señor le ha llamado a ser su testigo ante el mundo perdido y condenado en el que ahora vivimos. Esta misión es mucho más «buenas y útiles a los hombres» que cualquier cantidad de activismo social y político. Tales esfuerzos pueden renovar la vida de la gente hacia fuera, pero no pueden transformar sus corazones y llevarlos a una relación salvadora con Jesucristo. Esta transformación final ocurrirá solo cuando usted y otros creyentes fieles alegremente realizan sus deberes cristianos, recuerden su anterior condición perdida y su actual condición de salvo, y luego diligentemente hagan «buenas obras».
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No tendrás dioses ajenos delante de mí. No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. ÉXODO 20.3–4 Por naturaleza, las personas tienden a pasar la gloria de Dios a los ídolos, «ya que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador» (Romanos 1.25). Es por eso que el primer mandamiento se dirige a la idolatría (Éxodo 20.3–5). Pero incluso mientras Moisés recibía ese mandamiento del Señor, Aarón y los israelitas estaban haciendo un becerro de oro para adorarlo (Éxodo 32.1–6). ¿Es nuestra sociedad diferente a la descrita en el primer capítulo de Romanos? Por supuesto que no. La gente en la cultura moderna tiende a tener ídolos materialistas: el dinero, el prestigio, el éxito, la filosofía, la salud, el placer, los deportes, el entretenimiento, las posesiones y otras cosas. Esas cosas se convierten en ídolos cuando les damos el amor y la dedicación que le debemos a Dios. El problema es el mismo: culto a la creación antes que al Creador. Pero no piense que la idolatría en nuestra sociedad es de alguna manera más sofisticada que la idolatría del paganismo primitivo. Tenga en cuenta los cambios que han tenido lugar en la religión en Estados Unidos en los últimos cincuenta años. El movimiento de la Nueva Era ha popularizado el hinduismo. La astrología, el espiritismo y el ocultismo han disfrutado de una popularidad sin precedentes. Las religiones indígenas norteamericanas, el vudú, la santería, el druidismo, Wicca (brujería) y otras creencias paganas antiguas han sido revividos. El culto a Satanás, algo inaudito en este país hace dos generaciones, es una de las sectas con más rápido crecimiento en la nación. Ahora la gente en nuestra cultura está adorando a los elementos, búhos manchados, o los delfines y las ballenas. El culto a la Tierra y a las criaturas parece estar en su apogeo en esta sociedad, que no tiene lugar para el Dios creador. La Madre Tierra es preferible al Dios Padre.
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Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal. MATEO 6.13 Cuando Dios permite que seamos probados, Él siempre ofrece una salida. Siempre hay un camino a la victoria. Siempre hay una puerta de escape. Ekbasis es la palabra griega para «escapar» en 1 Corintios 10.13. Literalmente significa «una salida». He aquí una verdad que nunca habrá visto en este versículo: Pablo nos dice exactamente lo que la vía de escape es: Dios «dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar». El camino de salida es a través de. La manera de salir de la tentación es soportarla como una prueba y nunca dejar que se convierta en una búsqueda del mal. Le han hecho daño. Usted ha sido falsamente acusado. Le han criticado, tratado cruel o injustamente. ¿Y qué? Acéptelo. Soporte con alegría (Santiago 1.2); esa es la vía de escape. Por lo general, se busca una vía de escape rápida y fácil. El plan de Dios para nosotros es distinto. Él quiere que nosotros la tengamos por sumo gozo y «tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna» (v. 4). Dios está usando nuestras pruebas para llevarnos a la madurez. ¿Cómo podemos soportar? Hay varias respuestas prácticas. Voy a mencionar solo algunas. En primer lugar, medite en la Palabra: «En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti» (Salmos 119.11). En segundo lugar, ore: «No nos metas en tentación, mas líbranos del mal» (Mateo 6.13). En tercer lugar, resista a Satanás y ríndase a Dios: «Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros» (Santiago 4.7).
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