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John MacArthur

John MacArthur


John F. MacArthur, Jr. is a fifth-generation preacher who serves as a pastor-teacher of Grace Community Church in Sun Valley, California. He is also a prolific author, conference speaker, and is president of The Master's College and Seminary. MacArthur received a B.A. from Los Angeles Pacific College, his M.Div. from Talbot Theological Seminary, Litt.D. at Grace Graduate School, and D.D. from Talbot Theological Seminary. In addition to his administrative responsibilities, he regularly teaches Expository Preaching at the seminary and frequently speaks in chapel.

MacArthur's pulpit ministry has been extended around the globe through his media ministry, Grace to You, and its satellite offices in Australia, Canada, Europe, India, New Zealand, Singapore, and South Africa. In addition to producing daily radio programs for nearly 2,000 English and Spanish radio outlets worldwide, Grace to You distributes books, software, audiotapes, and CDs by John MacArthur. In thirty-six years of ministry, Grace to You has distributed more than thirteen million CDs and audiotapes.

      John Fullerton MacArthur, Jr. is a United States evangelical writer and minister, noted for his radio program entitled Grace to You. MacArthur is a fifth-generation pastor, a popular author and conference speaker and has served as the pastor-teacher of Grace Community Church in Sun Valley, California since 1969, and as the President of The Master's College (and the related The Master's Seminary) in Santa Clarita, California.

      Theologically, MacArthur is a conservative far-right Baptist, a strong proponent of expository preaching, a dispensationalist and a self-described Calvinist. He has been acknowledged by Christianity Today as one of the most influential preachers of his time, and is a frequent guest on Larry King Live as representative of an evangelical Christian perspective.

      MacArthur has authored or edited more than 150 books, most notably the MacArthur Study Bible, which has sold more than 1 million copies and received a Gold Medallion Book Award. Other best-selling books include his MacArthur New Testament Commentary Series (more than 1 million copies), Twelve Ordinary Men, (more than 500,000 copies), and the children's book A Faith to Grow On, which garnered an ECPA Christian Book Award.

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Your prayers and your alms have come up for a memorial before God.
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Cuando Jesús hubo tomado el vinagre, dijo: Consumado es» (Juan 19.30). En el texto griego, «Consumado es» es una sola palabra: ¡Tetelestai! Fue un grito triunfante, lleno de rico significado. Él no quiso decir simplemente que su vida terrenal había terminado. Quería decir que la obra que el Padre le había dado que hacer estaba ahora completa. Aunque colgaba allí, pareciendo una víctima patética y perdida, Él celebró el triunfo más grande en la historia del universo. La obra expiatoria de Cristo había sido terminada, la redención de los pecadores estaba completa y Él estaba triunfante. Cristo había cumplido a favor de los pecadores todo lo que la ley de Dios requería de ellos. La completa expiación había sido hecha. Todo lo que la ley ceremonial presagió se había cumplido. La justicia de Dios estaba satisfecha. El rescate por el pecado fue pagado en su totalidad. La paga del pecado se estableció para siempre. Todo lo que quedaba era que Cristo muriera para que resucitara también. Es por esto que nada se puede añadir a la obra de Cristo para la salvación. Ni ritual religioso ya sea el bautismo ni penitencia, ni ninguna obra humana puede ser añadida para hacer eficaz la obra de Cristo. No hay obras humanas adicionales que pudieran aumentar o mejorar la expiación que Él compró en la cruz. El pecador no está obligado a contribuir en nada para ganarse el perdón o una buena relación con Dios; el mérito de Cristo por sí solo es suficiente para nuestra completa salvación. ¡Tetelestai! Su obra expiatoria se hizo. Es todo lo que se necesita.
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Siembre un pensamiento, cosechará una acción. Siembre un acto, cosechará un hábito. Siembre un hábito y cosechará un carácter. Siembre un carácter y cosechará un destino. Los
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Hay una real paradoja, no una incoherencia, en estas verdades. Todos los cristianos pecan (1 Juan 1.8), pero también todos los cristianos obedecen: «En esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos» (1 Juan 2.3). El pecado y la carnalidad todavía están presentes en todos los creyentes (Romanos 7.21), pero no pueden ser el sello distintivo de su carácter (Romanos 6.22). «Amado, no imites lo malo, sino lo bueno. El que hace lo bueno es de Dios; pero el que hace lo malo, no ha visto a Dios» (3 Juan 11). Esto habla de dirección, no de perfección. Pero está claro que hace que el comportamiento sea una prueba de la realidad de la fe. ¿Dónde ve evidencia de la fe en su vida?
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Todo aquel que lucha, de todo se abstiene; ellos, a la verdad, para recibir una corona corruptible, pero nosotros, una incorruptible. 1 CORINTIOS 9.25 Los atletas en la época de Pablo se esforzaban para participar en la competencia. Para participar en los Juegos del Istmo, tenían que comprobar que habían hecho un entrenamiento completo de diez meses. Treinta días antes del evento, entrenaban juntos diariamente a la vista del público. En ese entonces, igual que ahora, para ser un atleta de clase mundial debía haber un compromiso serio. Precisamente eso era lo que Pablo utilizó para representar la disciplina que un líder del pueblo de Dios necesitaba. Para él eso no era juego. Él era más disciplinado que cualquier atleta de pista y campo. Él quería ganar una carrera que tenía mayor significado que cualquier deporte. Por lo tanto requería más diligencia y disciplina. «Todo aquel que lucha, de todo se abstiene», dijo Pablo en 1 Corintios 9.25. Uno no puede romper un régimen de entrenamiento y ganar. Eso es cierto no solamente en los eventos atléticos. Es cierto en todo. Especialmente en el liderazgo. El éxito genuino siempre tiene un gran precio. Todo atleta lo sabe. La disciplina tiene que convertirse en una pasión. No es simplemente cuestión de hacer lo que es obligatorio o evitar lo que es prohibido. Involucra negarse a sí mismo de manera voluntaria. ¿Por qué es importante la disciplina? La disciplina nos enseña a operar por principios más que por deseos. Decir no a nuestros impulsos (aun a aquellos que no son inherentemente pecaminosos) nos hace controlar nuestros apetitos en vez de que ellos nos controlen a nosotros. Ello desecha la lascivia y permite la verdad, la virtud y la integridad, para que gobierne nuestras mentes.
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Sea por muerte o por rapto, cada creyente se presentará un día ante el Amo celestial para ser evaluado y recompensado. Una vez más, el esclavo obediente no tiene nada que temer frente al Amo. Por otro lado, los creyentes que dedican sus vidas a actividades temporales y sin valor deben esperar de Cristo una recompensa mínima. Los pecados de todo creyente, por supuesto, son perdonados para siempre
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El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará. JUAN 12.25 En Lucas 14.26 se nos dice que una gran multitud lo seguía y que él se volvió y les dijo: «Si alguno viene a mí», es decir, el que quiera ser un verdadero seguidor, «y no aborrece a su padre y madre, mujer e hijos, hermanos y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo». ¿Aborrecerse uno mismo? ¡Qué verdad más tremenda! Esta no es salvación por buenas obras, sino todo lo opuesto: salvación al rechazar toda esperanza de agradar a Dios por nuestras fuerzas. Seguir a Jesús no es asunto que dependa de usted o de mí. Ser creyente no es cuestión de nosotros, no es cuestión de estima propia. Más bien es cuestión de estar hastiados de nuestro pecado y de nuestra desesperación por el perdón. Es cuestión de ver a Cristo como el invaluable Salvador del pecado, la muerte y el infierno, para que voluntariamente dejemos a un lado lo que sea necesario, aun si nos cuesta nuestra familia, nuestro matrimonio y lo que sea que atesoramos y poseemos. Hasta nos puede costar la vida, como Jesús dijo en Lucas 9.24 y lo reafirmó en 14.27: «Y el que no lleva su cruz», es decir, el que no está dispuesto a morir y dar su vida, «y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo». No puede ser más claro que esto. Si usted trata de aferrarse a sí mismo, a su plan, a su agenda, a su triunfo, a su autoestima, pierde el perdón y el cielo. La senda que Jesús seguía era la senda de la persecución y de la muerte (vea Juan 12.24–25). Así que quiere seguir a Jesús, ¿verdad? Le va a costar absolutamente todo.
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Pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, para los judíos ciertamente tropezadero, y para los gentiles locura; mas para los llamados, así judíos como griegos, Cristo poder de Dios, y sabiduría de Dios. 1 CORINTIOS 1.23–24 Lo que Pablo estaba diciendo en 1 Corintios es que el evangelio choca con nuestras emociones, choca con nuestra mentalidad, choca con nuestras relaciones personales. Hace añicos nuestras sensibilidades, nuestro pensamiento racional, nuestra tolerancia. Es difícil de creer. La cruz en sí misma proclama el veredicto sobre el hombre caído. La cruz dice que Dios exige la pena de muerte por el pecado, mientras que nos proclama la gloria de la sustitución. Rescata al que perece. Los que perecen son los condenados, los arruinados, sentenciados, destruidos; son los perdidos, los que están bajo juicio divino por violaciones interminables de su santa Ley. Si usted y yo no abrazamos al sustituto, sufrimos nosotros mismos esa muerte, y es una muerte que dura para siempre. El mensaje de la cruz no tiene que ver con las necesidades que se sienten. No se trata de que Jesús le ama a usted tanto que quiere contentarle. Se trata de rescatarlo a usted de la condenación eterna, porque esa es la sentencia que pesa sobre la cabeza de todo ser humano. Así que el evangelio es una ofensa por cualquier lado que se vea. No hay nada en cuanto a la cruz que encaje cómodamente con la forma en que el hombre se ve a sí mismo. El evangelio confronta al hombre y lo expone tal cual es. No se fija en el desencanto que siente. No le ofrece ningún alivio de sus luchas como ser humano. Más bien, va al asunto profundo y eterno del hecho de que está condenado y desesperadamente necesita que le rescaten. Solo la muerte puede lograr el rescate, pero Dios, en su misericordia, ha provisto un Sustituto.
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Usted no puede ir al cielo a menos que sepa cómo, y no puede saber cómo excepto al leer la Biblia. Es el único lugar en donde el hombre escribió las palabras que el Espíritu Santo inspiró. Toda la Escritura es dada por inspiración de Dios. Pedro describió el proceso: «los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo» (2 Pedro 1.21). Uno no puede entender por sí mismo las cosas de Dios más de lo que pudieron Adán y Eva, porque solo por el poder y revelación del Espíritu Santo se puede evaluar la esencia del Señor y Creador del universo. Sin el Espíritu no hay conocimiento. Pero para los que hemos recibido la enseñanza del Espíritu Santo por las Escrituras, tenemos lo que 1 Corintios llama «la mente de Cristo». Podemos saber lo que Cristo piensa porque la Biblia lo revela.
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A pesar de que nuestra esperanza es futura, se garantiza ahora. Para nosotros, la gloria futura es una realidad presente. Es por eso que perseveraremos mientras aguardamos nuestra glorificación. No importa cuáles sean las pruebas y las luchas que encontramos mientras esperamos, podemos estar seguros de que Dios cumplirá su llamado a nosotros y nos llevará a la gloria.
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El número de pecados que una persona cometa no hace que su caso sea imperdonable (vea Santiago 5.20).
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El posmodernismo es en gran manera una reacción en contra de la pasión desenfrenada del racionalismo de la modernidad. Pero muchas respuestas posmodernistas al racionalismo son una seria reacción exagerada. A muchos posmodernistas pareciera entretenerles la noción de que la irracionalidad es superior al racionalismo. En realidad, las dos maneras de pensar son absolutamente erradas e igualmente hostiles a la auténtica verdad y al cristianismo bíblico. Un extremo es tan terrible como el otro. El racionalismo debe ser rechazado sin abandonar la racionalidad. La racionalidad (el uso correcto de la razón santificada mediante la lógica sensata) nunca se condena en la Escritura. La fe no es irracional. La verdad bíblica auténtica demanda que empleemos pensamientos lógicos, claros y razonables. La verdad siempre puede ser analizada, examinada y comparada bajo la luz brillante de otra verdad, y no se deshace en algo absurdo. La verdad por definición nunca se contradice consigo misma o es ilógica. Y contrario al pensamiento popular, no es racionalismo insistir que la coherencia es una cualidad necesaria de la verdad. Cristo es la verdad encarnada y Él no se puede negar a sí mismo (2 Timoteo 2.13). Que la verdad se niegue a sí misma es una contradicción absoluta de términos; «…ninguna mentira procede de la verdad» (1 Juan 2.21). Tampoco es lógica una única categoría «griega» que es de alguna manera hostil al contexto hebreo de la Escritura. (Ese es un mito común y una gran simplificación que se expone comúnmente como apoyo del coqueteo del posmodernismo con la irracionalidad.) Frecuentemente, la Escritura emplea mecanismos lógicos como son la antítesis, los argumentos condicionales, silogismos y proposiciones. Todas estas son formas lógicas estándar y la Escritura está llena de ellas. (Por ejemplo, vea la hilera deductiva de argumentos de Pablo acerca de la importancia de la resurrección en 1 Corintios 15.12–19.)
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Sean gratos los dichos de mi boca y la meditación de mi corazón delante de ti, oh Jehová, roca mía, y redentor mío. SALMOS 19.14 El significado de la Palabra de Dios no es para nada oscuro o difícil de comprender como las personas hoy día lo hacen ver. Admito que algunas cosas de la Biblia son difíciles de entender (2 Pedro 3.16), pero su verdad central y esencial es lo bastante sencilla como para que nadie se confunda con ella. «El que anduviere en este camino, por torpe que sea, no se extraviará» (Isaías 35.8). Por otra parte, nuestra percepción individual de la verdad puede cambiar y de hecho así lo hace. Por supuesto que adquirimos mayor entendimiento a medida que crecemos. Todos comenzamos siendo nutridos con la leche de la Palabra. Cuando adquirimos la habilidad de masticar y digerir verdades más difíciles, se supone que debemos ser fortalecidos por el alimento sólido de la Palabra (1 Corintios 3.2; Hebreos 5.12). Esto es, movernos de un conocimiento de niño a un entendimiento de verdad más maduro en toda su riqueza y relación con otra verdad. Sin embargo, la verdad misma no cambia solo porque cambie nuestro punto de vista. Cuando maduramos en nuestra habilidad de percibir la verdad, la verdad en sí misma se mantiene invariable. Nosotros debemos ajustar todos nuestros pensamientos a la verdad (Salmos 19.14), no estamos autorizados a redefinir el término «Verdad» para adaptarlo a nuestros propios puntos de vista, preferencias o deseos. No debemos ignorar o descartar verdades seleccionadas solo porque podemos llegar a encontrarlas difíciles de recibir o de sondear. Después de todo, no podemos volvernos perezosos o apáticos acerca de la verdad cuando el precio de entenderla o defenderla se torna exigente o costoso. Tal acercamiento egoísta a la verdad es equivalente a la usurpación a Dios (Salmos 12.4). Quienes toman esa ruta garantizan su propia destrucción (Romanos 2.8–9).
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El que siembra escasamente, también segará escasamente; y el que siembra generosamente, generosamente también segará. 2 CORINTIOS 9.6 El «evangelio de la prosperidad» dice que Dios quiere que sus seguidores sean ricos y tengan todo lo mejor de la vida: casas grandes y raras, automóviles caros de lujo, los armarios más ostentosos y así sucesivamente. Esto impulsado por la herejía de la codicia es popular porque declara que la función principal de Dios es repartir bienes materiales a su pueblo. El movimiento afirma ser capaz de enseñar a la gente (mediante grandes cantidades de remuneración) cómo conectarla a la longitud de onda espiritual correcta para que Dios le entregue todo el dinero y los bienes imaginables para complacer cada indulgencia personal. También la cultura secular hace llamamientos falsos a ser próspero mediante el trabajando duro, ganando tanto dinero como sea posible, entonces acaparar, ahorrar e invertir su dinero tan astutamente como sea posible. A su juicio, es la única manera de aumentar su patrimonio neto y garantizar una jubilación próspera. Ninguna de esas filosofías para hacerse rico, sin embargo, puede coincidir con el verdadero camino de Dios para la prosperidad. El Señor está interesado en sus necesidades materiales, y realmente Él tiene un plan para su prosperidad financiera que promete satisfacer todas sus necesidades. Él no deja de lado el trabajo duro, el ahorro o la inversión sabia, pero rechaza aberraciones como el evangelio de la prosperidad y los métodos centrados en el hombre, basados en la acumulación y acaparamiento. El plan de Dios para la prosperidad genuina del creyente, como se indica en su Palabra, es simplemente este: Usted y yo debemos dar lo que tenemos. Segunda Corintios 9.6–15 dilucida el camino de Dios hacia la prosperidad como ningún otro pasaje de las Escrituras. El cristiano generoso nunca debe temer no tener suficiente. Eso es porque cuanto más se da, más Dios le da a cambio.
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El verdadero evangelio es un llamado a negarse a uno mismo. No es un llamado a la autorrealización. Eso lo pone contra la proclamación contemporánea del evangelio, en la que los ministros ven a Jesús como un genio utilitario. Uno frota la lámpara, Cristo sale y le dice que puede tener lo que se le antoje; uno le da la lista, y él lo cumple. Jesús lo dijo inequívoca e inescapablemente: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará» (Mateo 16.24–25). No se trata de exaltarme a mí mismo, se trata de matarme a mí mismo. Es la muerte del yo. Uno gana al perder; uno vive al morir. Ese es el mensaje central del evangelio. Esa es la esencia del discipulado. El pasaje no menciona nada de mejorar la autoestima, de ser rico y triunfante, de sentirse bien respecto a uno mismo o de tener satisfechas todas las necesidades, que es lo que muchas iglesias predican estos días a fin de dorar la píldora de la verdad. Así que, ¿quién tiene razón? ¿Es el mensaje del cristianismo de realización propia o es la negación de uno mismo? No puede ser ambas cosas. Si es cuestión de opinión, yo hago lo mío y usted hace lo suyo, y ambos nos deslizamos raudos y contentos en direcciones diferentes. Pero el cristianismo, el evangelio genuino de Jesucristo, no es cuestión de opinión. Es cuestión de verdad. Lo que usted quiere, lo que yo quiero o lo que cualquiera quiere no importa. Es lo que es… por la voluntad soberana de Dios.
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Todo el mal en la crucifixión, provocó un bien infinito. De hecho, este fue el acto más malvado jamás perpetrado por corazones pecaminosos: El Hijo de Dios sin pecado, el santo Dios mismo en carne humana, fue asesinado injustamente después de haber sido sometido a las más horribles torturas que podrían ser concebidas por mentes perversas. Era el mal de todos los males, el peor acto de depravación humana que jamás podría concebirse y el mal más vil que jamás se haya cometido. Sin embargo, de este provino el mayor bien de todos los tiempos: La redención de un sin número de almas y la manifestación de la gloria de Dios como Salvador. Aunque los asesinos pensaron el mal contra Cristo, Dios lo encaminó a bien, para salvar a muchos (cp. Génesis 50.20). La cruz es por lo tanto la prueba definitiva de la soberanía absoluta de Dios. Sus propósitos se cumplen siempre, a pesar de las malas intenciones de los pecadores. Dios aun obra su justicia a través de las malas acciones de agentes injustos. Lejos de hacerlo culpable por su maldad, esto demuestra cómo todo lo que Él hace es bueno, y como Él es capaz de obrar para que todas las cosas ayuden a bien (Romanos 8.28), incluso el acto más malvado de los poderes del mal que ha conspirado para llevar a cabo. Por otra parte, si Dios estaba soberanamente en control cuando las manos injustas de hombres asesinos pusieron a su amado Hijo en la cruz, ¿por qué alguien se resiste a la idea de que Dios todavía está soberanamente en control, incluso cuando se producen males menores? La cruz, por lo tanto, establece la soberanía absoluta de Dios fuera de toda duda.
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Los padres deben estar muy claros en esto: El comportamiento no es la cuestión crucial. Un cambio en el comportamiento no va a resolver el problema de raíz del niño. Un cambio en el comportamiento sin un cambio en el corazón no es más que hipocresía.
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No podéis beber la copa del Señor, y la copa de los demonios; no podéis participar de la mesa del Señor, y de la mesa de los demonios. 1 CORINTIOS 10.21 En 1 Corintios 10.20, Pablo dice que un ídolo en sí mismo no era nada: «Antes digo que lo que los gentiles sacrifican, a los demonios lo sacrifican, y no a Dios; y no quiero que vosotros os hagáis partícipes con los demonios». Nada de lo que el mundo pagano entero sacrifica a sus ídolos de piedra, plata u oro le agrada al Dios verdadero, pero sí a las fuerzas del infierno. Todo está ligado a Satanás y los demonios. Usted tal vez diga: «Ah, ¡pobres paganos bien intencionados! Están abriéndose paso a Dios de la mejor manera que saben». No, están abriéndose paso al infierno. Están conectándose con fuerzas demoníacas que se hacen pasar por ídolos que no existen. No hay dioses aparte del Dios verdadero. La gente piensa que sí, porque los demonios se hacen pasar por los dioses que adoran y hacen suficientes trucos como para mantener a esas personas conectadas con sus falsas deidades. No es simplemente un caso de «qué malo que sean ignorantes”. No están en el limbo sino que se dirigen al infierno. La ignorancia no es excusa. La razón natural que busca a Dios acaba en la ignorancia, la idolatría y lo demoníaco. Los demonios están detrás de todas las religiones falsas. Están detrás de todos los sistemas filosóficos y religiosos. Están detrás de todo lo encumbrado que se levanta contra el conocimiento de Dios. Toda idea no bíblica y contraria a Dios, es diabólica. Algunos me han preguntado: «¿Hay mucha religión satánica en nuestra sociedad?». Sí. Todo, excepto el verdadero cristianismo, es satánico, hasta cierto punto, de una forma u otra. No es que todo el mundo adore directamente a Satanás, aunque algunos lo hacen. Pero toda persona que no adora al Dios vivo y verdadero por Jesucristo, adora, en efecto, a Satanás. ¿Qué puede hacer para ayudar a alguien que está atrapado en una falsa creencia acerca de Dios?
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Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie. SANTIAGO 1.13 El curso completo de todos los eventos y circunstancias está ordenado en el decreto divino, desde el hito más profundo del plan divino hasta el detalle más insignificante. Dios también determina el número de cabellos de nuestra cabeza (Mateo 10.30). En última instancia, tenemos que admitir que el pecado es algo que Dios quiso que sucediera. Él lo planeó, lo ordenó. El pecado no es algo que entró y le tomó por sorpresa, lo agarró con la guardia baja o echó a perder sus planes. La realidad del pecado figuró en sus propósitos inmutables desde la eternidad pasada. De modo que el mal y todas sus consecuencias estaban incluidos en el decreto eterno de Dios antes de la fundación del mundo. Sin embargo, del mismo modo Dios no puede ser considerado como el autor o creador del pecado. «Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie» (Santiago 1.13). «Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él» (1 Juan 1.5). Dios en ningún sentido causa, incita, aprueba, autoriza o consiente el pecado. Dios no es la causa o el agente del pecado. Lo único es que permite a los agentes del mal hacer sus obras, y luego anula la maldad mediante sus sabios y santos propósitos. Los propósitos de Dios al permitir el mal siempre son buenos. Es por esto que José pudo decir a sus hermanos que lo habían vendido como esclavo: «Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo» (Génesis 50.20).
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El mensaje bíblico no es que la humanidad se divide entre el moral y el inmoral. El claro mensaje de la Biblia es que «todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios» (Romanos 3.23). No hay división entre la gente buena y la gente mala, todos somos pecadores y todos merecemos la condenación. En realidad, el incrédulo moral quizá esté en un estado peor que el pecador libertino, porque la persona moral no entiende su propia necesidad. Independientemente del nivel de moralidad externa que una persona pueda lograr, él o ella es un pecador condenado sin Cristo. Usted puede ser el fariseo más moral en Israel, el filántropo más generoso en su ciudad, el estudiante con la vida más limpia en la residencia de la universidad, el padre más bueno y más activo en la asociación de padres y maestros, o usted pudiera ser el más devoto seguidor de la última moda espiritual. Pero sin Cristo, se irá al infierno junto con los traficantes de drogas y las prostitutas. A menos que haya sido reconciliado con Dios por medio de su Hijo Jesucristo, toda la moralidad en el mundo no le ayudará.
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