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John MacArthur

John MacArthur


John F. MacArthur, Jr. is a fifth-generation preacher who serves as a pastor-teacher of Grace Community Church in Sun Valley, California. He is also a prolific author, conference speaker, and is president of The Master's College and Seminary. MacArthur received a B.A. from Los Angeles Pacific College, his M.Div. from Talbot Theological Seminary, Litt.D. at Grace Graduate School, and D.D. from Talbot Theological Seminary. In addition to his administrative responsibilities, he regularly teaches Expository Preaching at the seminary and frequently speaks in chapel.

MacArthur's pulpit ministry has been extended around the globe through his media ministry, Grace to You, and its satellite offices in Australia, Canada, Europe, India, New Zealand, Singapore, and South Africa. In addition to producing daily radio programs for nearly 2,000 English and Spanish radio outlets worldwide, Grace to You distributes books, software, audiotapes, and CDs by John MacArthur. In thirty-six years of ministry, Grace to You has distributed more than thirteen million CDs and audiotapes.

      John Fullerton MacArthur, Jr. is a United States evangelical writer and minister, noted for his radio program entitled Grace to You. MacArthur is a fifth-generation pastor, a popular author and conference speaker and has served as the pastor-teacher of Grace Community Church in Sun Valley, California since 1969, and as the President of The Master's College (and the related The Master's Seminary) in Santa Clarita, California.

      Theologically, MacArthur is a conservative far-right Baptist, a strong proponent of expository preaching, a dispensationalist and a self-described Calvinist. He has been acknowledged by Christianity Today as one of the most influential preachers of his time, and is a frequent guest on Larry King Live as representative of an evangelical Christian perspective.

      MacArthur has authored or edited more than 150 books, most notably the MacArthur Study Bible, which has sold more than 1 million copies and received a Gold Medallion Book Award. Other best-selling books include his MacArthur New Testament Commentary Series (more than 1 million copies), Twelve Ordinary Men, (more than 500,000 copies), and the children's book A Faith to Grow On, which garnered an ECPA Christian Book Award.

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Porque estrecha es la puerta» dijo Jesús en Mateo 7.14, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan». Concuerdo en que nos cuesta mucho hallarla, especialmente hoy. Uno puede ir de iglesia en iglesia y jamás encontrarla. Es una puerta muy estrecha. La misma enseñanza aparece en Lucas 13.23–24. «Y alguien le dijo: Señor, ¿son pocos los que se salvan? Y él les dijo: esforzaos a entrar por la puerta angosta; porque os digo que muchos procurarán entrar y no podrán». Cuesta hallarla, y cuesta entrar por ella. ¿Por qué cuesta tanto encontrarla hoy, y por qué es tan duro entrar por ella? Cuesta mucho hallarla porque muchas iglesias se han desviado de la enseñanza de la verdad del evangelio. Es incluso más duro, una vez que se ha oído la verdad, someterse a ella. El hombre se adora a sí mismo. Es su propio dios. Lo que necesitamos decir a la gente no es: «Venga a Cristo y se sentirá mejor» ni «Jesús quiere suplir sus necesidades, sean las que fueren». Jesús no quiere satisfacer nuestras necesidades –mundanales, terrenales y humanas–. Lo que quiere es que estemos dispuestos a decir: «Por amor a Cristo dejaré todo lo que pienso que necesito». Es difícil pasar por la puerta estrecha porque es muy duro negarnos a nosotros mismos.
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El que siembra escasamente, también segará escasamente; y el que siembra generosamente, generosamente también segará. 2 CORINTIOS 9.6 El «evangelio de la prosperidad» dice que Dios quiere que sus seguidores sean ricos y tengan todo lo mejor de la vida: casas grandes y raras, automóviles caros de lujo, los armarios más ostentosos y así sucesivamente. Esto impulsado por la herejía de la codicia es popular porque declara que la función principal de Dios es repartir bienes materiales a su pueblo. El movimiento afirma ser capaz de enseñar a la gente (mediante grandes cantidades de remuneración) cómo conectarla a la longitud de onda espiritual correcta para que Dios le entregue todo el dinero y los bienes imaginables para complacer cada indulgencia personal. También la cultura secular hace llamamientos falsos a ser próspero mediante el trabajando duro, ganando tanto dinero como sea posible, entonces acaparar, ahorrar e invertir su dinero tan astutamente como sea posible. A su juicio, es la única manera de aumentar su patrimonio neto y garantizar una jubilación próspera. Ninguna de esas filosofías para hacerse rico, sin embargo, puede coincidir con el verdadero camino de Dios para la prosperidad. El Señor está interesado en sus necesidades materiales, y realmente Él tiene un plan para su prosperidad financiera que promete satisfacer todas sus necesidades. Él no deja de lado el trabajo duro, el ahorro o la inversión sabia, pero rechaza aberraciones como el evangelio de la prosperidad y los métodos centrados en el hombre, basados en la acumulación y acaparamiento. El plan de Dios para la prosperidad genuina del creyente, como se indica en su Palabra, es simplemente este: Usted y yo debemos dar lo que tenemos. Segunda Corintios 9.6–15 dilucida el camino de Dios hacia la prosperidad como ningún otro pasaje de las Escrituras. El cristiano generoso nunca debe temer no tener suficiente. Eso es porque cuanto más se da, más Dios le da a cambio.
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Es popular en algunos círculos de denigrar el conocimiento y elevar la pasión, el misticismo, el amor fraternal, la fe ciega o lo que sea. La doctrina cristiana se establece a menudo contra el cristianismo práctico, como si los dos fueran antitéticos. La verdad es ignorada y exaltada la armonía. El conocimiento es despreciado mientras el sentimiento es exaltado. La razón es rechazada y el sentimiento puesto en su lugar. Esto carcome la auténtica madurez espiritual, que siempre se basa en la sana doctrina (cp. Tito 1.6–9). Por supuesto que el conocimiento por sí solo no es una virtud. Si alguien «sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado» (Santiago 4.17). El conocimiento sin amor corrompe el carácter: «El conocimiento envanece, pero el amor edifica» (1 Corintios 8.1). Pero la falta de conocimiento es aun más mortal. Oseas registró la queja del Señor en contra de los líderes espirituales de Israel: «Mi pueblo fue destruido, porque le faltó conocimiento. Por cuanto desechaste el conocimiento, yo te echaré del sacerdocio; y porque olvidaste la ley de tu Dios, también yo me olvidaré de tus hijos» (Oseas 4.6). Todo crecimiento espiritual se basa en el conocimiento de la verdad. La sana doctrina es crucial para un andar espiritual exitoso (Tito 2.1ss). Pablo dijo a los colosenses que el nuevo ser se renueva por el verdadero conocimiento (Colosenses 3.10). El conocimiento es fundamental para nuestra nueva posición en Cristo. Toda la vida cristiana se establece en el conocimiento de los principios divinos, la sana doctrina y la verdad bíblica. Los que repudian el conocimiento en efecto echan por la borda los medios más básicos para el crecimiento espiritual y la salud, dejándoles vulnerables a una serie de enemigos espirituales.
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Sean gratos los dichos de mi boca y la meditación de mi corazón delante de ti, oh Jehová, roca mía, y redentor mío. SALMOS 19.14 El significado de la Palabra de Dios no es para nada oscuro o difícil de comprender como las personas hoy día lo hacen ver. Admito que algunas cosas de la Biblia son difíciles de entender (2 Pedro 3.16), pero su verdad central y esencial es lo bastante sencilla como para que nadie se confunda con ella. «El que anduviere en este camino, por torpe que sea, no se extraviará» (Isaías 35.8). Por otra parte, nuestra percepción individual de la verdad puede cambiar y de hecho así lo hace. Por supuesto que adquirimos mayor entendimiento a medida que crecemos. Todos comenzamos siendo nutridos con la leche de la Palabra. Cuando adquirimos la habilidad de masticar y digerir verdades más difíciles, se supone que debemos ser fortalecidos por el alimento sólido de la Palabra (1 Corintios 3.2; Hebreos 5.12). Esto es, movernos de un conocimiento de niño a un entendimiento de verdad más maduro en toda su riqueza y relación con otra verdad. Sin embargo, la verdad misma no cambia solo porque cambie nuestro punto de vista. Cuando maduramos en nuestra habilidad de percibir la verdad, la verdad en sí misma se mantiene invariable. Nosotros debemos ajustar todos nuestros pensamientos a la verdad (Salmos 19.14), no estamos autorizados a redefinir el término «Verdad» para adaptarlo a nuestros propios puntos de vista, preferencias o deseos. No debemos ignorar o descartar verdades seleccionadas solo porque podemos llegar a encontrarlas difíciles de recibir o de sondear. Después de todo, no podemos volvernos perezosos o apáticos acerca de la verdad cuando el precio de entenderla o defenderla se torna exigente o costoso. Tal acercamiento egoísta a la verdad es equivalente a la usurpación a Dios (Salmos 12.4). Quienes toman esa ruta garantizan su propia destrucción (Romanos 2.8–9).
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El posmodernismo es en gran manera una reacción en contra de la pasión desenfrenada del racionalismo de la modernidad. Pero muchas respuestas posmodernistas al racionalismo son una seria reacción exagerada. A muchos posmodernistas pareciera entretenerles la noción de que la irracionalidad es superior al racionalismo. En realidad, las dos maneras de pensar son absolutamente erradas e igualmente hostiles a la auténtica verdad y al cristianismo bíblico. Un extremo es tan terrible como el otro. El racionalismo debe ser rechazado sin abandonar la racionalidad. La racionalidad (el uso correcto de la razón santificada mediante la lógica sensata) nunca se condena en la Escritura. La fe no es irracional. La verdad bíblica auténtica demanda que empleemos pensamientos lógicos, claros y razonables. La verdad siempre puede ser analizada, examinada y comparada bajo la luz brillante de otra verdad, y no se deshace en algo absurdo. La verdad por definición nunca se contradice consigo misma o es ilógica. Y contrario al pensamiento popular, no es racionalismo insistir que la coherencia es una cualidad necesaria de la verdad. Cristo es la verdad encarnada y Él no se puede negar a sí mismo (2 Timoteo 2.13). Que la verdad se niegue a sí misma es una contradicción absoluta de términos; «…ninguna mentira procede de la verdad» (1 Juan 2.21). Tampoco es lógica una única categoría «griega» que es de alguna manera hostil al contexto hebreo de la Escritura. (Ese es un mito común y una gran simplificación que se expone comúnmente como apoyo del coqueteo del posmodernismo con la irracionalidad.) Frecuentemente, la Escritura emplea mecanismos lógicos como son la antítesis, los argumentos condicionales, silogismos y proposiciones. Todas estas son formas lógicas estándar y la Escritura está llena de ellas. (Por ejemplo, vea la hilera deductiva de argumentos de Pablo acerca de la importancia de la resurrección en 1 Corintios 15.12–19.)
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La ortodoxia bíblica abarca la ortopraxia. Tanto la doctrina recta como la vida recta son absolutamente esenciales y totalmente inseparables para el verdadero hijo de Dios. Esa es la enseñanza consecuente de Cristo mismo. Dijo entonces Jesús a los judíos que habían creído en él: «Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres» (Juan 8.31–32). Más allá de esto, la Escritura enseña clara y coherentemente la primacía de la creencia correcta como la base de la conducta correcta. En otras palabras, la vida recta se ve propiamente como el fruto de la fe auténtica, y nunca al revés. Los actos piadosos carentes de todo amor real por la verdad no constituyen en ninguna medida la ortopraxia genuina. Por el contrario, esa es la peor clase de hipocresía santurrona. Por lo tanto vale la pena pelear por la verdad. Como vimos, es la única cosa en el mundo por la cual la iglesia debería pelear. Si pierde esa pelea, todo lo demás está perdido.
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Estoy convencido de que estamos viviendo en una sociedad poscristiana, una civilización que está bajo el juicio de Dios. Si esto suena un poco pesimista o cínica para usted, en realidad no lo es. Las Escrituras predijeron con exactitud tiempos como estos (vea 2 Timoteo 3.1–5, 13). Pero los propósitos de Dios se cumplen, no importa cómo la gente se esfuerce vanamente en contra de Él. Tito 2.11–12 nos asegura que la gracia de Dios aparece, trayendo salvación en medio de la más baja depravación humana, enseñándonos a vivir «sobria, justa y piadosamente» (v. 12). Hay una gran esperanza, aun en medio de una generación maligna y perversa, para los que aman a Dios. Recuerde, Él edificará su iglesia y «las puertas del Hades no prevalecerán contra ella» (Mateo 16.18). También es capaz de hacer que todas las cosas cooperan para el bien de sus elegidos (Romanos 8.28). Cristo mismo intercede por sus escogidos, personas que no son de este mundo, así como Él no es de este mundo (Juan 17.14). ¿Cuál es su oración? «No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal… Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad» (vv. 15, 17). Entonces nuestro deber como creyentes con respecto al pecado es no tratar de purgar todos los males de la sociedad, sino que nosotros mismos nos ocupemos con diligencia en la tarea de nuestra santificación. Tenemos que preocuparnos más por el pecado en nuestras propias vidas. Solo cuando la iglesia se convierta en santa podrá comenzar a tener un efecto real y poderoso en el mundo exterior.
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El número de pecados que una persona cometa no hace que su caso sea imperdonable (vea Santiago 5.20).
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Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros. Pecadores, limpiad las manos; y vosotros los de doble ánimo, purificad vuestros corazones. Afligíos, y lamentad, y llorad. Vuestra risa se convierta en lloro, y vuestro gozo en tristeza. SANTIAGO 4.8–9 «Afligíos, y lamentad, y llorad» (Santiago 4.9). Santiago hace este llamado al lamento, el dolor y las lágrimas por nuestros pecados. Describe la angustia que debemos sentir cuando nos damos cuenta de nuestra propia miseria como pecadores. Quizá el mejor ejemplo del Nuevo Testamento de esto es el publicano que Jesús se describe en una parábola donde el publicano fue al templo a orar. Al sentir su indignidad pecaminosa, no se atrevió siquiera a entrar al templo, sino que «estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador» (Lucas 18.13). El tipo de miseria que nos hace lamentar nuestra propia maldad es una condición necesaria para la verdadera bendición. Jesús le contrasta con un fariseo cuya oración expresaba cuán bueno y superior se sentía al compararse con otros. El fariseo perdió la bendición a causa de su presunción y orgullo. El publicano, en cambio, encontró la bendición mientras estaba en la agonía de su propia miseria. El lamento al que llama Santiago no es el característico de la depresión que sienten las personas cuando no están satisfechas con su suerte en la vida. No tiene nada que ver con el abatimiento de la autocompasión o la falta de satisfacción que sienten los que piensan que la vida ha sido injusta con ellos. Es un sufrimiento que se deriva de un verdadero sentido de la propia culpa y el reconocimiento de que, porque somos pecadores, no somos merecedores de la bendición divina. Es el grito del corazón que sabe que ha ofendido a la justicia de Dios y no tiene esperanza aparte de la misericordia de Dios.
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A pesar de que nuestra esperanza es futura, se garantiza ahora. Para nosotros, la gloria futura es una realidad presente. Es por eso que perseveraremos mientras aguardamos nuestra glorificación. No importa cuáles sean las pruebas y las luchas que encontramos mientras esperamos, podemos estar seguros de que Dios cumplirá su llamado a nosotros y nos llevará a la gloria.
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Desafortunadamente, hay mucha superstición y confusión sobre el significado de la sangre de Cristo. Un popular libro escrito hace varios años por un autor evangélico conocido sugiere que hay algo único acerca de la química de la sangre de Cristo. Supuso que la sangre de Cristo no era sangre humana. En cambio, dijo, la sangre que corre por las venas de Jesús era la sangre de Dios. Otros cristianos han mal interpretado canciones conocidas acerca de la sangre de Cristo (como «Hay poder en la sangre» o «Hay una fuente sin igual de sangre»). Se imaginan que hay alguna característica sobrenatural en la sangre de Cristo que lo hace espiritualmente poderosa. Algunos incluso suponen que la sangre literal de Cristo se aplica por algunos medios místicos a cada creyente en la conversión, y después se recoge de nuevo para que pueda ser aplicada continuamente y vuelta a aplicar. Mucha gente cree que solo mencionar la sangre de Cristo es un poderoso medio de sofocar la actividad demoníaca como un abracadabra cristiano. Ideas fantasiosas como las que surgen de la misma forma de pensar supersticioso dio lugar a la idea de la transubstanciación. Cuando las Escrituras dicen que somos redimidos por la sangre de Cristo, no debemos pensar que su plasma o glóbulos tienen alguna propiedad sobrenatural. Su sangre era la sangre humana normal, al igual que todo su cuerpo era totalmente humano en todos los aspectos. El «poder en la sangre» que cantamos reside en la expiación que Él realizó mediante el derramamiento de su sangre, no en el líquido en sí. Así que cuando la Biblia habla acerca de la sangre de Cristo, se utiliza la expresión como una metonimia de su muerte expiatoria.
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nuestras propias buenas obras nunca podrán ser un medio para ganarnos el favor de Dios; por eso es que en las Escrituras el foco de la fe está siempre sobre lo que Dios ha hecho por nosotros, y nunca sobre lo que nosotros hemos hecho por Él (Romanos
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Usted no puede ir al cielo a menos que sepa cómo, y no puede saber cómo excepto al leer la Biblia. Es el único lugar en donde el hombre escribió las palabras que el Espíritu Santo inspiró. Toda la Escritura es dada por inspiración de Dios. Pedro describió el proceso: «los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo» (2 Pedro 1.21). Uno no puede entender por sí mismo las cosas de Dios más de lo que pudieron Adán y Eva, porque solo por el poder y revelación del Espíritu Santo se puede evaluar la esencia del Señor y Creador del universo. Sin el Espíritu no hay conocimiento. Pero para los que hemos recibido la enseñanza del Espíritu Santo por las Escrituras, tenemos lo que 1 Corintios llama «la mente de Cristo». Podemos saber lo que Cristo piensa porque la Biblia lo revela.
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Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas. EFESIOS 2.10 No se puede dejar de subrayar que las obras no juegan ningún papel en la obtención de la salvación. Sin embargo, las buenas obras tienen que ver con vivir la salvación. Ninguna obra buena puede ganar la salvación, pero las buenas obras son el resultado de la salvación genuina. Las buenas obras no son necesarias para llegar a ser un discípulo, pero las buenas obras son necesarias como las marcas de todos los verdaderos discípulos. Dios, después de todo, nos ordenó que anduviésemos en ellas. Tenga en cuenta que antes de que podamos hacer alguna buena obra para el Señor, Él hace su buena obra en nosotros. Por la gracia de Dios, llegamos a ser «hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras». La misma gracia que nos dio vida juntamente con Cristo y nos resucitó con Él, nos capacita para hacer las buenas obras para las que Él nos ha salvado. Advierta también que es Dios quien preparó estas buenas obras. No obtenemos ningún mérito por ellas. Incluso nuestras buenas obras son obras de su gracia. Sería apropiado llamarlas «obras de gracia». Son la evidencia corroborante de la verdadera salvación. Estas obras, al igual que todos los demás aspectos de la salvación divina, son el producto de la gracia soberana de Dios. Las buenas acciones y actitudes virtuosas son intrínsecas a lo que somos cristianos. Proceden de la naturaleza misma de quien vive en el reino de los cielos. Al igual que los inconversos son pecadores por naturaleza, los redimidos son justos por naturaleza.
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Pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, para los judíos ciertamente tropezadero, y para los gentiles locura; mas para los llamados, así judíos como griegos, Cristo poder de Dios, y sabiduría de Dios. 1 CORINTIOS 1.23–24 Lo que Pablo estaba diciendo en 1 Corintios es que el evangelio choca con nuestras emociones, choca con nuestra mentalidad, choca con nuestras relaciones personales. Hace añicos nuestras sensibilidades, nuestro pensamiento racional, nuestra tolerancia. Es difícil de creer. La cruz en sí misma proclama el veredicto sobre el hombre caído. La cruz dice que Dios exige la pena de muerte por el pecado, mientras que nos proclama la gloria de la sustitución. Rescata al que perece. Los que perecen son los condenados, los arruinados, sentenciados, destruidos; son los perdidos, los que están bajo juicio divino por violaciones interminables de su santa Ley. Si usted y yo no abrazamos al sustituto, sufrimos nosotros mismos esa muerte, y es una muerte que dura para siempre. El mensaje de la cruz no tiene que ver con las necesidades que se sienten. No se trata de que Jesús le ama a usted tanto que quiere contentarle. Se trata de rescatarlo a usted de la condenación eterna, porque esa es la sentencia que pesa sobre la cabeza de todo ser humano. Así que el evangelio es una ofensa por cualquier lado que se vea. No hay nada en cuanto a la cruz que encaje cómodamente con la forma en que el hombre se ve a sí mismo. El evangelio confronta al hombre y lo expone tal cual es. No se fija en el desencanto que siente. No le ofrece ningún alivio de sus luchas como ser humano. Más bien, va al asunto profundo y eterno del hecho de que está condenado y desesperadamente necesita que le rescaten. Solo la muerte puede lograr el rescate, pero Dios, en su misericordia, ha provisto un Sustituto.
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Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece. JUAN 15.19 La persecución es inevitable para los justos. Pablo advirtió a Timoteo: «Todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución» (2 Timoteo 3.12). El verdadero creyente se aparta del mundo porque ha sido santificado mediante su identificación con Jesucristo. Él vive con rectitud y no pertenece al sistema. Debido a que un cristiano genuino representa a Dios y a Cristo, Satanás utiliza el sistema del mundo para atacarlo. Es por eso que Jesús oró por la protección del Padre de sus seguidores: «No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal» (Juan 17.15). Nuestras vidas deben ser un sermón al mundo de pecado. Efesios 5.11 dice: «Y no participéis en las obras infructuosas de las tinieblas, sino más bien reprendedlas». Si usted no está experimentando el rechazo del mundo, su vida no puede ser una amonestación para el mundo. Para tener un impacto por Cristo en este mundo hostil y perverso, se debe evitar el pecado y ser «irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha en medio de una generación maligna y perversa, en medio de la cual resplandecéis como luminares en el mundo» (Filipenses 2.15). Usted se destaca del mundo porque Cristo le ha elegido para eso. En Juan 15.19 dice: «Yo os elegí del mundo». Jesús está diciendo literalmente: «Yo te elegí para mí mismo». Él le ha elegido para ser diferente. Así que sea el sermón viviente para el resto del mundo que Cristo le ha llamado a ser.
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Es un peligro, aun para la gente que ama a Cristo, que lleguemos a estar tan involucrados haciendo cosas para Él que comencemos a descuidar el oírlo y recordar lo que ha hecho por nosotros. Nunca debemos permitir que nuestro servicio a Cristo sobrepase nuestra adoración a Él. El momento en que nuestras obras llegan a ser más importantes que nuestra adoración, significa que hemos cambiado de lugar las verdaderas prioridades. En el momento en que se alcen las buenas acciones por sobre la doctrina y la verdadera adoración, también se estarán arruinando las obras. Hacer buenas obras por las obras tiende a exaltar el ego y a despreciar la obra de Dios. Buenas acciones, caridad humana y acciones de bondad son expresiones cruciales de una fe real, pero deben fluir de una verdadera confianza en la redención de Dios y su justicia. Después de todo, nuestras propias buenas obras nunca podrán ser un medio para ganarnos el favor de Dios; por eso es que en las Escrituras el foco de la fe está siempre sobre lo que Dios ha hecho por nosotros, y nunca sobre lo que nosotros hemos hecho por Él (Romanos 10.2–4).
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El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará. JUAN 12.25 En Lucas 14.26 se nos dice que una gran multitud lo seguía y que él se volvió y les dijo: «Si alguno viene a mí», es decir, el que quiera ser un verdadero seguidor, «y no aborrece a su padre y madre, mujer e hijos, hermanos y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo». ¿Aborrecerse uno mismo? ¡Qué verdad más tremenda! Esta no es salvación por buenas obras, sino todo lo opuesto: salvación al rechazar toda esperanza de agradar a Dios por nuestras fuerzas. Seguir a Jesús no es asunto que dependa de usted o de mí. Ser creyente no es cuestión de nosotros, no es cuestión de estima propia. Más bien es cuestión de estar hastiados de nuestro pecado y de nuestra desesperación por el perdón. Es cuestión de ver a Cristo como el invaluable Salvador del pecado, la muerte y el infierno, para que voluntariamente dejemos a un lado lo que sea necesario, aun si nos cuesta nuestra familia, nuestro matrimonio y lo que sea que atesoramos y poseemos. Hasta nos puede costar la vida, como Jesús dijo en Lucas 9.24 y lo reafirmó en 14.27: «Y el que no lleva su cruz», es decir, el que no está dispuesto a morir y dar su vida, «y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo». No puede ser más claro que esto. Si usted trata de aferrarse a sí mismo, a su plan, a su agenda, a su triunfo, a su autoestima, pierde el perdón y el cielo. La senda que Jesús seguía era la senda de la persecución y de la muerte (vea Juan 12.24–25). Así que quiere seguir a Jesús, ¿verdad? Le va a costar absolutamente todo.
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Sea por muerte o por rapto, cada creyente se presentará un día ante el Amo celestial para ser evaluado y recompensado. Una vez más, el esclavo obediente no tiene nada que temer frente al Amo. Por otro lado, los creyentes que dedican sus vidas a actividades temporales y sin valor deben esperar de Cristo una recompensa mínima. Los pecados de todo creyente, por supuesto, son perdonados para siempre
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La justificación es distinta de la santificación, porque en la justificación de Dios no hace justo al pecador, Él lo declara justo (Romanos 3.28; Gálatas 2.16). La justificación imputa la justicia de Cristo a favor del pecador (Romanos 4.11). La santificación imparte justicia al pecador personalmente y en la práctica (Romanos 6.1–7; 8.11–14). La justificación tiene lugar fuera de los pecadores y los cambios de su situación (Romanos 5.1–2). La santificación es interna y cambia el estado del creyente (Romanos 6.19). La justificación es un acontecimiento, la santificación es un proceso. Los dos deben distinguirse uno del otro, pero nunca se pueden separar. Dios no justifica a quien no santifica, y Él no santifica a quien no justifica. Ambos son elementos esenciales de la salvación. La corrupción de la doctrina de la justificación da como resultado graves errores teológicos. Si la santificación se incluye en la justificación, entonces la justificación es un proceso, no un suceso. Esto hace que la justificación sea progresiva, no completa. Entonces se está de pie delante de Dios en base a la experiencia subjetiva, no seguro por una declaración objetiva. La justificación, por lo tanto, puede ser experimentada y luego perdida. La seguridad de la salvación en esta vida se vuelve prácticamente imposible porque la seguridad no puede ser garantizada. El fundamento de la justificación del pecador es en última instancia la virtud propia continua en el presente, no la justicia perfecta de Cristo y su obra expiatoria. Es evidente que esta idea va en contra de la enseñanza bíblica.
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